Tatiana negó con la cabeza de inmediato.
—No, no, eres tan bueno, ¿cómo podría estar evitándote? Si por mí fuera, estaría a tu lado todo el tiempo.
—Entonces, ¿qué significa tu comportamiento de los últimos días?
Con Tatiana, Fabián siempre iba directo al grano.
Aunque antes sentía repulsión por lo que había hecho, al fin y al cabo, había tenido algo con su primo.
Nadie en su lugar podría aceptar algo así.
Fabián siempre creyó que su actitud hacia Tatiana era justificada.
Por lo menos, tenía la conciencia tranquila.
Al oírlo, un brillo astuto cruzó la mirada de Tatiana.
Que un hombre hiciera esa pregunta significaba que sentía interés.
Y el interés era el mejor catalizador.
Mientras Fabián sintiera la más mínima curiosidad por ella, Tatiana confiaba en que podría recuperarlo.
Y entonces, esa mujer, Joana, no representaría ninguna amenaza para ella.
—Fabián, ¿no fuiste tú quien dijo que no querías verme?
Fabián la miró confundido.
—¿Cuándo dije yo eso?
Tatiana no lo ocultó y le contó lo de las sábanas, con los ojos llenos de lágrimas.
—La verdad, era algo que podía adivinar —dijo Tatiana, sollozando—. Además, lo vi todo ese día. Le pediste a la empleada que tirara las sábanas y el edredón, pero estaban nuevos.
Mientras más hablaba Tatiana, más afligida se sentía.
Su estrategia de mantenerse a distancia en los últimos días había logrado captar la atención de Fabián.
Él se había dado cuenta de que lo estaba evitando.
Fabián era un hombre con un ego muy grande, no le gustaba que nadie lo contradijera.
Al notar esto, naturalmente quiso saber qué estaba pasando.
—Ese día...
Después de tanto tiempo, ¿quién había cambiado?
¿Había sido él?
Por un momento, el corazón de Fabián se llenó de confusión. Antes de irse, dijo casi por instinto:
—Mañana ven conmigo a recoger a los dos niños.
Al oírlo, Tatiana levantó la cabeza de golpe, con el corazón lleno de alegría.
—Fabián, ¿lo dices en serio?
—También puedes no ir.
Fabián soltó esas palabras con frialdad y se dispuso a marcharse.
Pero Tatiana respondió con entusiasmo:
—¡Claro que voy, por supuesto que voy!
Parecía un poco abrumada.
—Yo... me encantan esos dos niños. Que me permitas ir a recogerlos me hace muy feliz.

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