Ya la habían herido hasta la médula, ¿de verdad su arrepentimiento de ahora podría sanar su corazón?
Era como un cristal roto; por más que intentaras pegarlo, las grietas siempre estarían ahí.
Joana apretó los labios, con el alma hecha un lío.
Miraba la olla burbujeante, pero su mente no lograba calmarse.
Mientras sus pensamientos divagaban, un pequeño ser se paró a su lado, inquieto.
Joana bajó la vista.
—Lisandro, ¿no deberías estar cuidando a tu hermana? ¿Qué haces aquí?
—Mamá, yo también quiero avena nutritiva.
Lisandro se retorció las manos un buen rato antes de atreverse a decirlo.
Sabía que su mamá solo les preparaba esa avena cuando estaban enfermos.
Aunque ahora no lo estaba, extrañaba el sabor agridulce de sus recuerdos.
En aquellos tiempos, su mamá de verdad se preocupaba por su salud.
Lisandro recordaba con claridad que, gracias a los cuidados de su madre, ni él ni Dafne se enfermaban con frecuencia.
Aunque eran de constitución débil, Joana los había cuidado de maravilla.
Al oírlo, Joana no pudo evitar sonreír.
—Claro que puedes, ¿qué cosas dices?
Lisandro jugueteaba con sus dedos, murmurando:
—Pero, ¿no es la avena nutritiva algo que mamá nos preparaba solo cuando estábamos enfermos?
Justo por eso había dudado tanto en pedirla.
—Sí, es cierto, pero se llama avena nutritiva porque es buena para la salud, así que no pasa nada si comes un poco.
Los ojos de Lisandro se iluminaron y una alegría inmensa lo invadió.
Hacía mucho que no probaba la avena hecha por su mamá; era un sabor que extrañaba.
Desde que Tatiana había llegado a sus vidas, todo se había vuelto un torbellino de intrigas y conspiraciones.
Joana le sirvió un tazón. Al verlo sostener el cuenco con los ojos brillantes, sintió una ternura inexplicable.
—Come despacio, hay mucho más.
Lisandro, que había permanecido al lado de Dafne todo el tiempo, preguntó:
—Mamá, ¿mi hermanita ya está bien?
Joana asintió.
—No te preocupes, mañana estará como nueva.
Los ojos de Lisandro brillaron de esperanza.
Esta vez, su hermana había hecho un gran sacrificio para poder ver a su mamá.
Pensaba que solo estaba fingiendo estar enferma, pero al final la farsa se había vuelto realidad.
Lisandro pensó que su hermana era mucho más fuerte y resistente que él.
Ese día, Joana no salió a trabajar; se quedó en casa cuidando a los dos niños.
Con Dafne así, no se sentía tranquila para ir a la oficina.
Lisandro se sentó a su lado, sintiéndose envuelto en una inmensa felicidad.
Estar con su mamá era lo mejor. Su papá ya no los quería, y en su casa ya no había calor de hogar.

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