Apollo
Detestaba socializar. La gente hablaba demasiado. Las palabras se les escapaban de la boca sin pensar, como si temieran que algo fuera a tragárselos si dejaban de parlotear.
Para empezar, nunca me agradó la gente. Si alguien me ofendía o se interponía en mi camino, no lo pensaba dos veces. Me deshacía de esa persona. No creía en las segundas oportunidades. Los seres humanos tendían a confundir la bondad con la debilidad. Les das otra oportunidad y cometen el mismo error, solo que con más confianza.
Por eso la mayoría me temía.
Querían mi atención, pero ninguno estaba dispuesto a arriesgarse a cometer un error. Un solo paso en falso podía costarles todo, y lo sabían. Incluso en ese tipo de eventos, solo me invitaban por cortesía. En realidad, nadie quería que apareciera.
Al ver la multitud y el salón decorado con tanto esmero, ya lamentaba mi decisión.
—Dios mío. Es él. Apollo Reed.
—¡No puede ser! ¿En serio vino? Nunca asiste a reuniones sociales, ni siquiera al cumpleaños de su padre. ¿Qué está pasando?
—No tengo idea, pero, Dios... está buenísimo. Es perfecto, maldita sea.
—¿Deberíamos presentarnos?
—¿Enloqueciste? Prefiero seguir con vida. Puede parecer un dios, pero todos saben que es el Diablo en persona. Puede destrozarte la vida sin pestañear. Mejor admirémoslo de lejos.
Sus voces zumbaban a mi alrededor como insectos.
Entré al salón de eventos con las manos en los bolsillos y sin hacerles caso. Ninguno merecía mi atención. No tenía ganas de mezclarme con ellos. Quería terminar de una vez e irme; me esperaba trabajo importante.
Un hombre con un impecable traje negro se acercó y me saludó con una inclinación de cabeza.
—Buenas noches, señor Reed. Lo esperan adentro. Permítame acompañarlo, señor.
Le eché un vistazo. El hombre se dio vuelta y yo estaba a punto de seguirlo cuando una voz me detuvo.
—¿Cómo te atreves, perra? ¿Me arruinaste los zapatos? ¿Te quieres morir?
Volteé hacia la voz.
En un rincón del salón, medio oculta tras una cortina divisoria, una mujer estaba en el suelo, apoyada con las manos en las baldosas. Parecía una empleada del servicio de banquetes; llevaba el uniforme blanco y negro y se mantenía cabizbaja.
El hombre plantado frente a ella la miraba desde arriba como si fuera mugre pegada a sus zapatos.
—Lo siento mucho. Fue un accidente —se apresuró a decir con voz temblorosa—. Tropecé. Por favor, perdóneme.
Alcé una ceja y seguí observando. Los murmullos empezaron de nuevo.
—Ah... Es el hijo del señor Paul. Parece que volvió a las andadas.
—Es insoportable —murmuró alguien más—. La última vez hizo lo mismo. Hizo tropezar deliberadamente a una mesera y luego la humilló.
—Maldito enfermo. Siempre abusa de las mujeres solo para alimentar su ego.
—¿Por qué nadie lo detiene?
—Porque su padre es uno de los directores que trabajan para el señor Reed. Nadie quiere tenerlos en contra.
Incliné la cabeza para estudiarlo. Era la clase de podredumbre que proliferaba en lugares como aquel. No se había ganado el poder que tenía, no merecía nada y no sobreviviría ni cinco minutos sin el apellido de su padre.
Despreciaba a la gente así. Seguía plantado frente a ella. Tenía una mano en el bolsillo y con la otra hacía girar el vino en la copa, como si aquello fuera un simple juego. El hombre a mi lado se dispuso a intervenir.
Levanté una mano.
—Espera.
El hombre miró a Austin, quien le devolvió una mirada grave. Ambos sabían que aquello no terminaría bien. El mocoso se rio e inclinó la cabeza.

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