Grace
—Tengamos sexo, señorita Grace.
Me atraganté con mi propia saliva. Me llevé la mano a la boca mientras tosía, tratando de entender lo que acababa de escuchar.
¿Sexo? O sea, ¿sexo de verdad?
¿Era alguna clase de prueba? ¿Una alucinación? Hacía apenas cinco minutos, creía que mi vida se había acabado por haber hablado de más como una tonta, y encima porque él había confirmado que yo era la mujer de esa noche. Pensé que había tocado fondo, pero, por lo visto, aún quedaba otro nivel más abajo.
—No puede estar hablando en serio —susurré entre dientes. Levanté la mirada hacia él, con los ojos muy abiertos—. D-debe de estar confundido...
Arqueó una ceja. Ay, no. Otra vez esa mirada.
—¿Eso crees? —preguntó, despreocupado—. ¿De verdad piensas que yo cometo errores?
No respondí, porque me costaba muchísimo creer que él cometiera errores alguna vez. Y mucho menos uno de esos en los que le pides a alguien que se acueste contigo sin querer.
Tragué con fuerza.
—Entonces... ¿p-por qué?
Ladeó un poco la cabeza y habló como si estuviéramos comentando el clima.
—¿Qué otra razón tendría para pedirle a una mujer que se acueste conmigo, si no me atrajera y no quisiera tenerla en mi cama?
Abrí la boca, pero no salió nada. ¿Q-que le atraigo? ¿Yo?
El hombre que hacía tartamudear a ejecutivos curtidos, ante quien medio país tenía miedo hasta de respirar, el hombre que parecía un dios griego de lo guapo, ¿sentía atracción por mí?
No. No, no, no. Tenía que estar alucinando. ¿Por qué alguien como él se sentiría atraído por mí, cuando la mitad de las mujeres del país se morían por tenerlo en su cama? ¿Qué demonios estaba planeando?
—Creo que esto es un castigo —susurré antes de poder contenerme—. ¿Es eso? Está tratando de castigarme de alguna manera retorcida.
Levantó las cejas, como si la idea lo sorprendiera.
—¿Castigo?
—Pégueme, enciérreme, denúncieme, lo que usted quiera. Está clarísimo que es algún tipo de castigo psicológico por lo que dije hace rato. Y por haberle mentido, por haber sido una estúpida. De verdad le pido perdón. Así que...
Las palabras se me atoraron en la garganta cuando, de pronto, me rodeó la cintura con el brazo y me pegó a su cuerpo. Se me escapó un grito por la cercanía repentina y por la dureza que se apretaba contra mi muslo.
Me quedé en blanco. Eso era... Ay, Dios. Ni siquiera pude terminar el pensamiento.
Apenas apoyé las manos contra su pecho, pero no lo aparté. Me alzó el mentón con dos dedos y me obligó a mirar esos ojos color avellana, hermosos y peligrosos.
Ya no quedaba nada de suavidad en sus ojos. Se habían vuelto más oscuros, hambrientos.
—Dices todo lo que se te antoja —murmuró, con la voz baja y áspera—. Eso me hace pensar que necesitas algo grande que te calle la boca. Y créeme, me estás tentando a comprobarlo.
No era ingenua. Sabía exactamente a qué se refería. Bajé la mirada hasta el bulto duro que se le marcaba en el pantalón.
Por más que no quisiera darle cabida, el pensamiento se me coló de todos modos.
“Callarme... ¿con eso? ¿Su verga de verdad podría callarme? ¿Yo quería que lo hiciera?”
Volvió a buscarme la mirada, pero esta vez se detuvo un instante en mis labios. Luego suspiró y por fin dio un paso atrás.
Solté el aire sin siquiera haberme dado cuenta de que lo estaba conteniendo.
Se pasó la mano por el cabello, se alejó y se apoyó en el borde de su escritorio. Siguió mirándome fijo, de arriba a abajo, como si intentara memorizar algo.
Debería haberme incomodado, pero no fue así. Solo me dejó expuesta. Se veía jodidamente bien, con las mangas remangadas hasta los codos, los botones superiores de la camisa desabrochados y el cabello un poco revuelto.
—Como te dije, me gustaría hacer un trato contigo —dijo—. Quiero que pasemos la noche juntos. Si aceptas, me aseguraré de que los dos quedemos satisfechos. Si no quieres, tienes todo el derecho a decir que no. Si te niegas, volverás a tu puesto y no volveré a molestarte.
Lo miré, atónita. No era la respuesta que esperaba. ¿De verdad iba a dejarlo ahí?
—Tienes tres días para pensarlo.
Tragué saliva.
—Estoy muy confundida. ¿Por qué me ofrecería usted un trato así?
—No tienes que entender mis razones —dijo—. De todos modos, casi nadie me entiende. Intentarlo sería perder el tiempo. Solo necesitas entender los términos de mi oferta.

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