Entrar Via

Compláceme, Papi romance Capítulo 29

Grace

Ya no sabía qué estaba pasando. La mente se me quedó en blanco. Sus caricias, sus roces, su voz... Dios, sus palabras. Me recorrían toda la espalda.

—Estás empapada, servida para mí como el platillo perfecto. Sería de mala educación no darme el gusto. Ahora quédate quieta y déjame comerte.

¿Qué... qué fue eso? ¿Quién dice algo así? En mis veintitrés años de vida jamás había oído algo tan descarado, tan brutalmente honesto, tan arrogante y, aun así, tan caliente que me hizo temblar los muslos.

El escritorio era amplio y frío. Yo estaba encima, abierta de piernas como una maldita ofrenda, y él entre ellas como si yo fuera su festín personal. La forma en que me miraba, carajo, era la de un depredador saboreando el aroma antes de la primera mordida. Yo era la comida, servida en bandeja, lista para él.

Me habría reído, si no fuera porque me ardía todo. ¿Cómo pasé de ignorarlo, de esconderme de él, de huir de este hombre, a estar tendida en su maldito escritorio, con el corazón descontrolado, esperando a que me destrozara?

¿En qué momento dije que sí? No me acordaba. Las palabras se me habían escapado antes de que pudiera pensarlas. ¿Por qué?

¿Por qué, Grace?

¿Por qué aceptaste esto? Nada de esto tenía sentido. Es tu jefe. Tu carrera está en juego. Tu secreto está en juego. Ese hombre era un peligro al que ninguna mujer cuerda debería acercarse.

Pero una parte de mí, esa parte que tanto me había esforzado por enterrar desde aquella noche, seguía susurrando: ¿No quieres que te complazcan, Grace? ¿No quieres saber lo que se siente perderte de verdad en alguien? ¿Dejar de hacer lo que esperan de ti y soltarte de una vez?

¿Dejar que te destrocen y descubrir a qué sabe el placer de verdad?

Ni siquiera tuve tiempo de pensarlo más. O tal vez él no quiso que lo hiciera. Porque entonces sentí otra lamida. Pero esta fue directo al clítoris.

—Ah, carajo. —Eché la cabeza hacia atrás y un gemido agudo se me arrancó de la garganta antes de poder contenerlo. El sonido retumbó en la habitación.

No me importó lo más mínimo. Esa sola caricia me sacudió entera y me encendió nervios que ni sabía que existían. Me mordí el labio con fuerza, intentando frenar el siguiente gemido antes de que se me escapara, y bajé la mirada hacia él.

Dios. Me la estaba comiendo. No me estaba provocando ni jugando conmigo; me devoraba como si quisiera arrancarme del cuerpo hasta la última gota de placer, hasta no dejar nada.

Me sujetaba las piernas con firmeza, como si no quisiera que huyera, como si yo pudiera hacerlo, cuando apenas podía respirar. No alcanzaba a ver lo que hacía, no tal como me tenía, abierta y a su merced.

Eché la cabeza hacia atrás y gemí bajito; el sonido rebotó en las paredes antes de que me diera cuenta de que se me había escapado. Tanteé con la mano para taparme la boca y ahogar los gemidos, pero todavía tenía las manos atadas.

Cada roce de su lengua era devastador, como si conociera cada nervio, cada punto que me encogía hasta los dedos de los pies. Me mordí fuerte el labio inferior, tratando de detener los gritos que se me acumulaban en la garganta. Todo mi cuerpo temblaba.

¿No le daba asco? ¿No tendría que darle asco?

Actuaba como si disfrutara de cada segundo. Se notaba por cómo gruñía contra mí, como si no se hartara. Como si estuviera hambriento y yo fuera lo único que podía saciarlo. Y justo cuando creí que no aguantaría más, cuando los músculos se me tensaron y estaba justo ahí, al borde, se detuvo.

Jadeé, con el pecho subiendo y bajando y el corazón retumbándome en los oídos. Su mano subió por mi muslo, me separó más las piernas y bajé la mirada.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Compláceme, Papi