Apollo
Miré a las dos personas que tenía enfrente con una actitud fría, sin rastro de empatía. Como empresario, había aprendido a reconocer cuándo alguien tenía miedo. Después de todo, necesitaba esa habilidad para tratar con socios. Tenía que saber leer a la gente.
El miedo siempre dejaba señales, pequeños detalles que nadie lograba ocultar. Algunos intentaban disimularlo hasta fingir que eran otra persona. Otros lo dejaban demasiado a la vista.
Y con estos dos imbéciles frente a mí, el miedo saltaba a la vista.
La mujer retrocedió por instinto y se aferró a la tela de su vestido. El hombre tragó saliva; la garganta se le movió de arriba a abajo.
Patético.
—U-usted... ¿qué está diciendo? —tartamudeó él—. ¿Así es como debería hablarnos? ¡Nuestra hija quedó así por culpa de lo que pasó!
La mujer asintió rápido, con los dedos temblándole.
—¡Sí! Aunque usted no lo haya hecho directamente, sí fue alguien a su cargo. ¡No debería ser tan despiadado con unos padres desesperados! Hasta nos amenazó. Dijo que nos arrepentiríamos si no aceptábamos reunirnos con usted. —La voz se le quebró en la última palabra mientras lágrimas falsas le resbalaban por la cara—. Dicen que quien no tiene hijos nunca entiende el dolor de un padre.
Entrecerré los ojos. Ella se encogió y contuvo la respiración, como si se hubiera arrepentido en cuanto habló. El hombre sacó un poco el pecho, intentando tapar el miedo con un arranque desesperado de valor.
—Señor Reed, diga lo que diga, ya no queremos escucharlo. Por favor, váyase.
Suspiré y me pasé una mano por el cabello, más por frustración que por cansancio.
Por eso no me esforzaba en ser amable. Por la misma razón evitaba la compasión y la diplomacia como a la peste. La gente común y egoísta siempre se hacía la víctima en cuanto tenía que enfrentar las consecuencias. Nunca era lo bastante lista para aprovechar una oportunidad cuando se la servían en bandeja. Eran como perros; les lanzabas un hueso y de pronto se creían astutos.
—¿Despiadado? —Repetí, saboreando la palabra—. ¿Eso es lo que creen?
Ladeé un poco la cabeza, observándolos retorcerse bajo mi mirada.
—No saben nada de mí, ¿verdad? —dije, casi con lástima—. Es... bastante patético. Deberían haber investigado mejor. He sido indulgente y me he contenido. Perdí miles de millones en una sola semana por este escándalo. Sus mentiras sacudieron los cimientos de mi empresa. Y aun así les seguí el juego. Les di oportunidades de entrar en razón. E incluso ahora sigo aquí sentado, escuchando todas las estupideces que dicen, ¿y a eso le llaman ser despiadado?
Sonreí de lado y me incliné hacia adelante.
—¿Qué les parece si por fin les muestro —dije en voz baja y tranquila— exactamente por qué me llaman el Diablo?
Se les borró hasta el último rastro de color de la cara. Parecían fantasmas, como si acabaran de darse cuenta de con quién estaban hablando.
—Pensé que todo lo habían hecho ustedes dos y ese famoso. Pero hace un momento —dije, pensando en lo que había dicho aquella mujer— escuché un análisis muy interesante. Uno que me hizo ver que tal vez se me pasó algo. No pudieron haber planeado todo esto ustedes solos. Son peones. Alguien está moviendo los hilos desde las sombras.
—E…
El hombre quiso decir algo, pero lo interrumpí.
—No se los estoy pidiendo por las buenas, así que midan muy bien sus próximas palabras. Porque, si no me dicen la verdad, la averiguaré yo mismo. Y cuando lo haga, desearán haber suplicado clemencia mientras todavía tenían la oportunidad.
Se miraron, presos del pánico. Como no respondieron, me puse de pie, miré por última vez a la niña en coma, tendida en la cama y me di la vuelta para irme.
—Ya veo —dije—. Tomaron su decisión.
Apenas había recorrido la mitad del camino hasta la puerta cuando escuché a la mujer gritar.
—¡No! ¡Por favor, no se vaya! ¡Se lo contaremos todo!
El hombre gritó a mi espalda con la voz quebrada.

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