Apollo
Las mujeres son como las flores. Las abres pétalo a pétalo y las haces florecer.
No había nada más satisfactorio que contemplar el proceso, desde la espera y la suave resistencia hasta el momento en que ya no podían contenerse más y, día tras día, terminaban por desplegarse entre tus manos.
Esa flor era la mujer que estaba de pie frente a mí y que no lograba sacarme de la cabeza.
Maldita sea, estaba duro. ¿Podían culparme? Estaba abierta para mí, con la piel encendida y las pantaletas empapadas por completo. Desde donde estaba sentado alcanzaba a escuchar el leve zumbido del vibrador con forma de huevo, metido hasta el fondo y a máxima potencia. La castigaba sin piedad y, aun así, ella se mordía el labio intentando no perder el control.
Vi cómo le temblaban las piernas y cómo intentaba juntarlas cada vez que el placer se volvía demasiado intenso. Esa lucha solo conseguía excitarme todavía más. Grace se retorcía y se esforzaba por mantener la compostura; se veía enloquecedoramente hermosa.
Ya me había cansado de jugar.
La quería destrozada, deshecha, con la cara encendida y desesperada, tal como había estado antes en mi oficina. Me estaba volviendo imprudente, demasiado acostumbrado a tomarla cada vez que nos quedábamos a solas.
Volví a bajar la mirada hacia sus muslos temblorosos.
—Manténlas abiertas, señorita Grace. No te escondas de mí.
Se quedó inmóvil. Un hermoso rubor le encendió la cara. Me incliné un poco hacia adelante y bajé la voz:
—Creo que ya he visto todo lo que hay para ver. Y he estado dentro de lugares que ahora intentas ocultar.
Se le cortó la respiración y separó los labios, atónita. El intenso rubor que se extendió por sus mejillas me arrancó una sonrisa. Yo era un hombre franco, pero me embriagaba ver cómo mi franqueza la dejaba avergonzada y excitada al mismo tiempo.
Me miró, dirigió la mirada nerviosa hacia la puerta y enseguida volvió a mirarme.
—P-por favor... hagámoslo rápido.
Ladeé la cabeza, divertido por la petición.
—¿Rápido?
Asintió con desesperación, mientras varios mechones de cabello le caían sobre la cara encendida.
—Sí, rápido. Si nos quedamos aquí demasiado tiempo, van a pensar que estamos haciendo algo malo.
—Estamos haciendo algo malo, princesa —dije con tono seco.
Abrió mucho los ojos ante mi respuesta, como si no esperara que dijera eso. Sacudió la cabeza, intentando recomponerse.

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