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Compláceme, Papi romance Capítulo 100

Grace

—¿La comida no está buena?

La voz grave me sacó de mi ensimismamiento. Levanté la mirada, sobresaltada, y vi a River observándome con una ceja en alto.

Parpadeé y bajé la mirada al plato. Llevaba un rato picando la comida con el tenedor sin comer. La comida era lo último que tenía en mente. No tenía apetito. ¿Cómo iba a tenerlo si llevaba un puto vibrador dentro?

Y eso ni siquiera era lo peor. Lo más frustrante era que nunca lo había encendido. Desde que salí de la oficina de Apollo, no había presionado ese maldito botón.

Ya habían pasado cinco horas. Tener algo presionado contra el clítoris no era tan insoportable como había imaginado; a veces hasta olvidaba que estaba ahí. Pero lo que me mataba era la tensión y la espera constante.

Llevaba todo el día esperando. Miraba a hurtadillas hacia la oficina de Apollo y me preparaba para el momento en que activara el vibrador y me viera retorcerme, pero nunca llegaba. Apollo había estado ocupado. Casi ni le había visto la cara. Y ahora, mientras almorzaba con River, me costaba admitirlo, pero ya quería que Apollo encendiera esa cosa.

—Sí, está buena —mentí con una sonrisa fingida.

Para demostrarlo, me obligué a probar un bocado y, para mi sorpresa, se me escapó un gemido. El sabor estalló en mi boca; era mucho mejor de lo que esperaba.

Me paralicé al darme cuenta de que mi gemido había sonado demasiado íntimo. El calor me subió a las mejillas mientras volteaba despacio hacia River.

Me miraba raro otra vez.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Nada —respondió con una sonrisa—. Me alegra que te guste la comida.

Asentí y ensarté otro bocado con el tenedor para distraerme antes de decir:

—No esperaba que la comida de la empresa fuera tan buena.

El segundo bocado estaba igual de bueno y, sin que pudiera evitarlo, me levantó el ánimo.

Cambié de postura, incómoda, al sentir demasiadas miradas sobre mí. Cuando por fin miré a mi alrededor, confirmé que no lo imaginaba. Varios empleados nos miraban fijamente.

Desde que entré con River, no habían dejado de mirarnos. Al principio no les hice caso y fingí no notarlo. Pero ya empezaba a incomodarme. ¿Qué diablos les interesaba tanto? Seguro tenían algo mejor que hacer que mirarnos.

Me quedé con el tenedor suspendido en el aire y volví a mirar a River. También debió notarlo porque dirigió la mirada hacia la mesa de los empleados.

Le bastó levantar una ceja para que todos apartaran la mirada, tosieran, se acomodaran en el asiento y de pronto se interesaran muchísimo por la comida.

Parpadeé al verlos y luego me incliné hacia delante.

—Parece que casi todos te tienen miedo —susurré—. ¿Por qué?

River me miró y estaba a punto de responder cuando alguien dejó una bandeja sobre nuestra mesa.

Sobresaltada, levanté la mirada. Una hermosa mujer de cabello castaño y sedoso me sonrió. Detrás de ella, dos hombres altos y atractivos sonreían y nos saludaban con la mano.

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