—¿Puedo ocupar un poco de espacio?
El rostro de Edward cambió por un instante y su voz adquirió un tono sarcástico.
—¿De verdad piensas que todos los demás son tan ingenuos como tú? Cuando algo va mal, en lugar de comprobar los hechos, te entra el pánico y pierdes el control.
Las mejillas de Robin se sonrojaron profundamente.
—¡No reaccioné lo suficientemente rápido! Pensé que me había engañado para que tomara esa foto sin mi conocimiento —tartamudeó.
El incidente de la cámara la había dejado conmocionada y le había quedado una fobia a los juguetes.
Después de esto, sabía que nunca volvería a aceptar un paquete sin pensarlo dos veces.
—¿Él? —Edward levantó una ceja, indagando con indiferencia—. ¿Sabes quién lo hizo?
Robin apretó los labios, con el rostro sombrío.
—Fue mi exnovio.
Robin revisó el paquete y vio el nombre de Norris. El casero dijo que lo enviaron dos días antes, fecha que coincidía con el accidente de Edward. Robin no pudo evitar pensar que Norris aún estaba resentido por la humillación que Cyril le había hecho pasar, lo que ensombreció su ánimo.
«¿Nunca va a dejarlo? ¿De verdad piensa que voy a dejar que me pisotee? Tengo que averiguar cómo deshacerme de Norris para siempre…».
Después de la ducha, Robin se metió en la cama, sintiéndose un poco deprimida. Pero justo cuando estaba a punto de acomodarse, se incorporó de repente.
—Señor Dunn, creo que se me ha olvidado bañarle hoy.
Edward miró su mano, todavía envuelta en vendas, con tono indiferente.
—No hace falta hoy. Vete a dormir.
Incapaz de valerse por sí misma, ¿cómo podría cuidar de otro? Con el frío de la noche presente, Robin se recostó nuevamente. Al poco tiempo, se giró hacia él. La tenue luz del techo iluminaba su perfil, y ella lo observó absorta en sus pensamientos. Rememoró las palabras previas de Myra: amigos de la infancia distanciados por una disputa, pero al entrar Robin a la habitación del hospital, la atmósfera entre ellos se percibía sorprendentemente serena.
«¿Se han reconciliado? Si es así, ¿el señor Dunn pedirá el divorcio pronto?».
Una pequeña punzada de incomodidad le atravesó el pecho al pensar en ello.
—¿Por qué me miras así? —La voz de Edward la sacó de sus pensamientos. Sus ojos oscuros se clavaron en los de ella, con una expresión un poco molesta.
«Me está mirando otra vez. ¿No se cansa?».
Robin quiso preguntar por el divorcio, pero se contuvo. No tenía sentido discutir algo inevitable. Era mejor simular ignorancia sobre él y Myra para mantener la tensa calma entre ambos.
—Nada —respondió con presteza—. Solo quería saber qué hacías.
Edward estaba absorto en su tableta, leyendo un chat sobre cómo había ordenado a Ned divulgar la noticia de que Norris había perdido sus acciones en el Grupo Badman. Era información que Robin no debía ver bajo ningún concepto.
—¿No puedes dormir? —preguntó Edward, cambiando de tema con indiferencia.
Robin dudó un instante.
—Bueno… un poco.
Edward recordó la memoria USB con películas que Cyril le había dado en su última visita y sonrió al pensar en ella.
—¿Quieres ver una película?
Al oírlo, Robin asomó la cabeza rápidamente de debajo de las sábanas.
—¿En tu tableta? ¿Qué vemos?
Edward no respondió de inmediato, sino que atenuó las luces de la habitación. Acto seguido, con un control remoto, desplegó una pantalla de cine frente a la cama y encendió un proyector de alta gama. Robin parpadeó, totalmente sorprendida por la inesperada sala de cine en su habitación de hospital. No le extrañaba que la estancia fuera tan costosa. Sin embargo, su cama estaba lateral a la pantalla, obligándola a ver la película desde un ángulo incómodo. Suspiró ante esta pequeña molestia.
—Señor Dunn, su cama es enorme. ¿Puedo ocupar un poco de espacio? Este ángulo es muy incómodo.
Edward ni siquiera se inmutó.

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