Después de terminar de vendarlo, Robin aseguró el vendaje y preguntó:
—La última vez que te ayudé con la herida, estaba mejorando claramente. Pero ahora vuelve a sangrar. ¿No la has cuidado bien últimamente?
—He estado muy ocupado —respondió Edward con indiferencia mientras se ajustaba la ropa y abrochaba los botones.
El médico familiar le había ofrecido un consejo muy similar al que Robin acababa de darle, durante sus discretas visitas en el trabajo. Dada la situación empresarial actual, no era oportuno retroceder ni bajar la guardia. Inconsciente de la complejidad del momento, Robin le sonrió.
—Te lo recordaré la próxima vez, pero deberías priorizar tu salud. Si una herida como esta no se trata correctamente, podría causarte problemas en el futuro.
Un breve silencio se apoderó de la sala de estar.
Edward entrecerró los ojos un poco, con un leve destello de diversión en ellos.
—¿Y cómo afectará eso exactamente a mi futuro?
—Eh, bueno, en la espalda, por supuesto… —Robin se calló, consciente de repente de su lapsus y cerró la boca rápidamente.
Edward soltó un resoplido suave y desdeñoso. Con el codo apoyado en la rodilla, se acercó a ella, que estaba agachada junto a la mesa, y la miró fijamente.
Sus ojos oscuros ocultaban un rastro de algo inquietante.
—No te metas en asuntos de hombres, pequeña.
El corazón de Robin dio un vuelco bajo su intensa y enigmática mirada. Rápidamente apartó la vista y murmuró:
—Si no cuidas tu espalda ahora, te pasará factura cuando seas mayor. No te lo tomes a la ligera.
Las palabras de ella parecieron suavizar por un momento la oscuridad en los ojos de Edward, quien quedó en silencio brevemente.
Él recordó que su exnovio la había criticado por ser demasiado reservada cuando intentaba provocarla.
Ahora era evidente que esa mujer no era para nada tímida, sino ingenua.
No le extrañaba que continuara acercándose a él tan ciegamente después de dos besos.
Edward se enderezó en el sofá, dejando escapar un sonido quedo.
—Robin, ¿se te considera adulta?
«¿Qué clase de pregunta es esa?».
Robin sonrió en silencio, cerró el botiquín de primeros auxilios y respondió:
—Si no fuera adulta, ¿cómo podría casarme contigo? ¡Ya tengo veintitrés años!
«Veintitrés…».
Edward arqueó una ceja.

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