Entrar Via

Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 956

Beatriz yacía en la cama casi sin aliento, jadeando, con una tos leve cuando la respiración se aceleraba.

El Sr. Tamez, envuelto en una bata de baño, bajó de la cama para servirle un vaso de agua tibia. La ayudó a incorporarse y le llevó el vaso a los labios: —Toma un poco de agua.

—Cof, cof, cof...

—Despacio, nadie te la va a quitar.

El hombre la abrazó y le dio palmaditas suaves en la espalda.

Beatriz asintió y se quedó recostada en la cama, sin fuerzas.

—¿Te vas a bañar?

Beatriz negó con la cabeza: —Estoy muy cansada.

—Entonces te cargo al sofá y cambio las sábanas, ¿sí?

—¡Ajá!

Rubén tenía más paciencia que ella para las tareas domésticas.

Al menos, ella nunca había cambiado sábanas después de hacerlo.

Hasta la fecha, las veces que se había levantado por la niña se podían contar con los dedos de una mano.

Siempre era el Sr. Tamez; trabajaba todo el día en la empresa y regresaba en la noche a cuidar a la niña.

No era exagerado que afuera dijeran que era un esposo ejemplar.

Beatriz se acostó sobre las sábanas secas y se dio la vuelta cómodamente.

—¿Vas a ir a ver a la bebé?

En la penumbra de la habitación, una lámpara de piso que estaba encendida se apagó. Poco después de que Beatriz diera a luz, dejaron de dejar luces encendidas en la recámara.

Primero, porque con luz Rubén no dormía bien.

Segundo, porque la penumbra propiciaba sentimientos de pasión.

Rubén la abrazó y dijo con tono firme: —No voy.

—Estoy un poco preocupada.

—Si la niñera no vino a buscarnos es que todo está bien, no te preocupes por nada, haz caso.

—Pero...

Cuando Beatriz bajó vestida y arreglada, vio al Sr. Tamez sentado en el sofá con la niña en brazos. La pequeña sostenía el biberón con sus manitas y bebía con avidez.

La niñera estaba a un lado contándole en voz baja las cosas graciosas que hizo la niña ayer: —Ayer la pusimos a jugar en la alfombra, la estábamos estimulando y de repente se dio la vuelta sola, nos dio un susto.

—Es muy ágil.

El Sr. Tamez asintió: —No la dejen sola, si está en la cama o en el sofá siempre debe haber alguien vigilando.

—Entendido, señor.

Cuando la niña terminó su leche, Beatriz jugó con ella un rato hasta que Rubén la apuró para desayunar.

En cuanto se fueron, la pequeña empezó a gimotear. Al principio la niñera pudo calmarla.

Pero pasados tres o cinco minutos, un llanto sonoro llegó hasta el comedor. El Sr. Tamez dejó su taza de café.

Miró a Beatriz con una expresión profunda y seria: —Te dije, anoche tuve demasiada tranquilidad.

Beatriz no se atrevía a mirarlo...

—Pues ni modo, es tu propia hija.

—Eso no le da derecho a torturar a su padre de esta manera...

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina