—Probemos, ¿sí?
Beatriz insistió.
El Sr. Tamez volteó a ver su mirada esperanzada, se le ablandó el corazón y terminó accediendo.
A los cinco meses, la niña durmió por primera vez con sus papás.
Salvo por la toma de leche nocturna, básicamente se portó bien.
Y como la persona a la que estaba apegada era quien se levantaba a darle la leche y cambiarle el pañal, se ahorraban la fase del llanto.
Era fácil de cuidar...
Beatriz y Rubén durmieron así con la niña durante un mes.
Beatriz estaba feliz; todas las noches antes de dormir jugaba un rato con la pequeña acostada.
Rubén regresaba de asearse justo a tiempo para arrullar a la niña.
La niña estaba feliz, la mamá estaba feliz, pero el papá no.
Especialmente el Sr. Tamez, estaba muy descontento.
Con la hija durmiendo en medio, hacía mucho tiempo que no sabía lo que era dormir abrazado a su esposa.
Ni hablar de la intimidad conyugal.
Así que, en cuanto la niña cumplió seis meses, el Sr. Tamez se la devolvió a la niñera.
Que llorara y pataleara lo que quisiera; a lo mucho él se levantaría una o dos veces más por la noche.
Esa medianoche, la niña pidió leche. La niñera podía hacer de todo, menos lograr que se durmiera de nuevo.
Cuando Rubén fue al cuarto de la bebé, Beatriz también se despertó. Sentada en la cama abrazando el edredón, miró al Sr. Tamez con cierto resentimiento y le dijo, en tono entre negociación y súplica: —Tráela de vuelta. Me duele el corazón escucharla llorar así.
Originalmente podría no haber llorado.
Todo ese peso que había ganado con tanto esfuerzo se le iba a ir con el ejercicio pulmonar nocturno.
—¿Y no te duele el corazón por mí?
—Tú eres un adulto.
El Sr. Tamez no estuvo de acuerdo: —Los adultos también tienen necesidades.
Con la niña en medio todos los días, parecía que había un océano Pacífico entre ellos.
Ni siquiera podían taparse con la misma sábana.
Él se tapaba con la niña y Beatriz se tapaba sola con otra manta. ¿Qué diferencia había con estar separados?
—No la vamos a traer, ni lo pienses —el hombre sentenció, sin darle oportunidad a Beatriz de seguir insistiendo.
Cuando por fin logró dormir a la niña y regresó, vio a Beatriz sentada en la cama abrazándose las piernas, con la cara enterrada en el edredón, llorando en silencio.
El Sr. Tamez sintió que el cielo se le caía encima...
Después de consolar a la hija, tenía que consolar a la esposa...
¡Llorar y llorar! Terminaba la chica y empezaba la grande, haciéndolo sentir como un villano...
El Sr. Tamez, vestido con su pijama de seda, se paró a los pies de la cama con las manos en la cintura mirando a Beatriz, suspirando de pura impotencia.
No quería lidiar con esto, no quería para nada, pero ni modo, ¡quién le manda que sea su esposa!
Después de un rato, el Sr. Tamez se sentó al borde de la cama y la abrazó suavemente: —¿Por qué lloras?
—A estas horas de la madrugada, termino de arrullar a la niña y tengo que arrullarte a ti. ¡En esta casa una llorona grande dio a luz a una llorona chiquita!
—¡Tú eres el llorón!
El Sr. Tamez le secó las lágrimas con un pañuelo suave, consolándola: —Está bien, está bien, yo soy el llorón, ¡yo soy el llorón!
—Ya, tranquila, no llores, que si lloras me duele el corazón.
—Si sigues llorando me voy a arrepentir de haber traído a la niña a dormir a la recámara principal en primer lugar.
Beatriz le reprochó: —¿No acabas de negarte a traerla de nuevo?
Hablaron de cosas de conocidos, de noticias...
Comentaron sobre casos de depresión posparto un año después de dar a luz, gente que se tiraba de un edificio, solas o con los hijos...
El Sr. Tamez escuchaba con el corazón en un puño.
Labios apretados y una expresión terrible.
En ese momento, la bisabuela, que no entendía bien la situación, intervino: —Bea siempre ha sido muy reservada desde niña, no como Luciana que suelta todo lo que trae. Si la ves agobiada, sácala a pasear, no dejes que se quede encerrada en casa todo el tiempo.
El Sr. Tamez: [.............] Estas dos mujeres, ¿vinieron temprano a propósito para asustarlo?
Anoche sí se había enojado. Esta mañana, después de darle la leche a la niña, originalmente pensaba irse directo a la oficina.
¿Ahora quién se atrevía a irse solo?
Se sentó en la sala a platicar con las señoras, esperando de paso a Beatriz.
La llevaría a la empresa en un rato.
Así, el Sr. Tamez bajó la guardia.
Beatriz tampoco supo por qué el hombre que anoche estaba furioso y que esta mañana ni le hablaba, justo en lo que ella desayunaba...
¡Reflexionó!
Inexplicablemente cambió de actitud.
Pero aunque se le pasó el enojo, la niña no volvió a la recámara principal.
—En la noche Ireneo invitó a cenar, vamos juntos.
Camino a la empresa, Rubén habló con tono casual.
Beatriz dijo que sí y preguntó: —¿Y la niña?
Si él no regresaba en la noche, la niña lloraría sin parar.
—Se la encargué a las niñeras, que intenten algo. Si no funciona, ya veremos.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina