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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 934

En la pequeña sala de estar de la habitación, la vibración del teléfono de Edgar resonó con una claridad particular en el ambiente silencioso.

En cuanto sonó, la abuela, Berta y Luciana le lanzaron miradas cargadas de reproche. Él sacó el teléfono con la intención de colgar, pero al ver quién llamaba, se contuvo. Osvaldo no solo era el suegro de Beatriz, sino también su superior. Que se tomara la molestia de llamarlo en medio de la crisis que atravesaba la familia Tamez, sin duda era por Beatriz. No podía ignorar esa llamada.

Edgar salió al pasillo para contestar. Lo primero que Osvaldo preguntó fue por el estado de Beatriz y la bebé. Al saber que ambas estaban bien, le explicó con total sinceridad la difícil situación que enfrentaban, lo que les impedía viajar. Expresó que era una falta de cortesía que ningún familiar estuviera presente en el nacimiento y esperaba que lo comprendieran. También le aseguró que, en cuanto pasara la crisis, iría personalmente a Solsepia a conocer a su nieta y a ver a su nuera.

Nadie desea que la vida y la muerte se crucen de esta manera.

—Beatriz es una chica muy comprensiva —respondió Edgar—. Hace unos días, mi esposa habló con ella sobre esto y dijo que lo entendía. Que entre un adiós y una bienvenida, la vida de los que llegan es larga, mientras que a los que se van solo les queda ese último trecho para despedirlos. Lo del abuelo es más importante.

Osvaldo suspiró al otro lado de la línea.

—Hemos sido injustos con ella.

Conversaron unos minutos más, hasta que Edgar escuchó que Osvaldo recibía una visita y decidieron terminar la llamada.

Justo cuando se disponía a entrar de nuevo en la habitación, vio a un hombre salir corriendo del elevador y abalanzarse en su dirección.

—Tío… —la voz de Rubén sonaba agitada. Su ropa estaba arrugada y su impecable peinado, ahora revuelto por la carrera.

—Tranquilo, tanto la madre como la hija están dormidas.

En ese instante, las lágrimas de Rubén se desbordaron por sus mejillas.

—Has sufrido mucho, mi amor…

»No volveremos a pasar por esto, nunca más.

Le temblaba hasta el alma. Ver su rostro debilitado le partía el corazón. Una cesárea, capas de piel cortadas y luego suturadas… ni él, un hombre fuerte, estaba seguro de poder soportarlo. Pero su esposa, tan delgada y frágil, lo había hecho. Y todo por traer una nueva vida al mundo. La culpa lo carcomía, era un sentimiento abrumador.

Beatriz permaneció hospitalizada cinco días antes de empezar a recuperarse. El dolor de las compresiones abdominales del primer día no fue nada comparado con el de intentar levantarse al día siguiente. Si el primer día solo dijo que le dolía, el segundo, el dolor al ponerse de pie la hizo llorar con el alma desgarrada. Se aferró al cuello de Rubén en la habitación, llorando con el corazón hecho pedazos.

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