No deseaba que su hija quedara atrapada en la fortaleza del matrimonio, condenada a sacrificarse, a entregarse y, finalmente, a perderse a sí misma.
Pero si se involucraba con Ireneo... el futuro era incierto.
Edgar tomó la cajetilla de la mesa y se la ofreció con un tono casual.
—¿Fumas?
En ese momento, era como si él fuera simplemente el líder de Solsepia e Ireneo un joven y brillante empresario de la misma ciudad. Como si Luciana no existiera entre ellos.
—No, gracias.
Edgar retrocedió un poco, apoyándose a medias en el escritorio. Con una mano sobre la mesa y la otra sosteniendo el cigarrillo, entrecerró los ojos para mirar a Ireneo.
—Tenía entendido que el señor Urbina sí fumaba.
—Sí, fumo, pero hoy no es el momento adecuado.
Ese «no es el momento adecuado» de Ireneo provocó una ligera sonrisa en Edgar. A pesar de haberse retirado del ejército y de la necesidad actual de proyectar una imagen más accesible, la dureza forjada en décadas de servicio militar no se disipaba fácilmente. Seguía siendo un hombre de carácter, y ni siquiera su sonrisa podía ocultarlo.
—¿Y por qué no es adecuado?
—La nicotina puede aclarar la mente, pero también puede llevar a la perdición.
—Entonces, señor Urbina, ¿cree usted que es algo bueno o malo? —insistió Edgar.
—Todo tiene dos caras. ¿Quién puede juzgarlo?
Edgar asintió.
—Tiene razón.
Ireneo apretó ligeramente los labios, su expresión se resquebrajó un poco.
—El inicio y el final de una relación no dependen de la decisión de una sola persona.
—Claro, el que se beneficia no quiere que termine. Como hombre, entiendo que poder acostarse con una mujer joven y atractiva, bajo el acuerdo inicial de no casarse y sin responsabilidades, es una situación cómoda. Si yo fuera usted, tampoco querría terminarla. Después de todo, encontrar otra pareja casual tan... limpia no sería fácil.
Era demasiado liberal. Carecía de la seriedad y el conservadurismo que se esperaría de un hombre de su edad. Al contrario, Edgar entendía perfectamente ese tipo de dinámicas entre hombres y mujeres.
—Señor Urbina, en el ejército no abundan muchas cosas, pero sí los jóvenes. Las relaciones en un entorno cerrado son mucho más complejas que en uno abierto. Llevo más de veinte años lidiando con este tipo de asuntos.
—Como hombre que soy, sé perfectamente lo que está pensando.
Edgar tomó el cenicero de cristal del escritorio y sacudió la ceniza de su cigarrillo.
—Señor Urbina, ¿juega con mi hija porque cree que estoy pintado o qué?

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