Selena observó el brillo travieso en los ojos de Isaac, esa cara de quien se sale con la suya y todavía se hace el inocente, y no pudo evitar suspirar por dentro.
Con un gesto brusco, aventó la toallita húmeda al bote de basura que estaba al lado y se puso de pie.
—Voy a traerte agua.
Le dio la espalda y caminó rápido hacia el dispensador, usando el movimiento como excusa para ocultar el nerviosismo que la invadía.
Isaac se quedó mirando su figura un poco apurada y la sonrisa se le ensanchó en los labios.
Se acomodó contra la cabecera de la cama, ajustando la postura para verse más relajado.
La herida seguía doliendo, pero ni de cerca como él lo hacía aparentar.
Ese tipo de dolor, para él, no era nada.
Si con eso lograba que ella se quedara cerca, ya no digamos una cortada: hasta aguantaría varias más con tal de tenerla ahí.
Selena regresó con el vaso de agua entre las manos y se lo extendió.
Él lo tomó, y sus dedos rozaron sin querer los de ella.
Selena apartó la mano de inmediato, casi deja caer el vaso.
Isaac lo sostuvo firme, bajó la mirada para beber y así ocultó la risa que se le escapaba en los ojos.
Bebió despacio, pero no apartó la mirada de ella ni un instante.
Selena sintió cómo la incomodidad le recorría la piel, así que se fue a la ventana fingiendo interés en el paisaje.
Ya era el atardecer, y la luz dorada del sol cubría los edificios lejanos con un resplandor especial.
La habitación se quedó en silencio.
—Selena.
Ella se giró apenas, sin disimular su fastidio.
—¿Ahora qué?
Isaac dejó el vaso sobre la mesita y palmeó el colchón a su lado.
—Ven, siéntate.
Selena no se movió.
—Estoy bien de pie.
Él la miró, y en su expresión apareció una pizca de tristeza.
—Es que… estando solo aquí, me aburro.
Otra vez con lo mismo.
Selena suspiró resignada por dentro. Caminó hasta quedar a un paso de la cama, arrastró la silla y se sentó, manteniendo la distancia.
Isaac notó la intención, pero no se molestó. Solo soltó un suspiro ligero.
—¿Y con Lorenzo, qué piensas hacer? —preguntó, poniéndose más serio.
Selena guardó silencio un momento.
—Selena… —volvió a decir.
—¿Ahora qué? —soltó ella.
—Nada. —Negó con la cabeza, y una sonrisa apenas se asomó en sus labios—. Solo quiero verte.
Selena apretó los labios, sin saber qué contestar.
Respiró hondo, se acercó a la cama y tomó el vaso de la mesa.
—¿Quieres más agua?
—No, gracias. —La miró fijo—. Mejor siéntate y platicamos un rato.
Selena volvió a arrastrar la silla, sentándose en el mismo sitio, cuidando la distancia.
Isaac notó el gesto, pero solo la miró en silencio, con una intensidad que la hacía sentir expuesta.
Otra vez se apoderó del cuarto ese silencio que lo llenaba todo.
Ninguno decía nada, pero Isaac no parecía tener prisa.
Él la miraba, como si quisiera recuperar cada segundo perdido de los últimos años.
Selena empezó a inquietarse; sus dedos jugaban solos con el borde de la silla.
—Tú… —al fin se animó—, ¿todavía te duele la herida?
—Sí. —Isaac contestó en seco, sin dudar.

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