Aquella muchacha ingenua, la que pensaba que con solo entregarse bastaba para recibir amor a cambio… Esa era ella en su juventud.
La respiración de Isaac se volvió pesada, el pecho le subía y bajaba con violencia.
Observaba el rostro de Selena, tan tranquilo que rozaba lo indiferente. Sintió como si alguien le apretara el corazón con fuerza, al punto que la vista se le nubló de dolor.
—No es así.
—No es como tú piensas.
Sus ojos se pusieron rojos, la mirada clavada en ella con una desesperación y un miedo que no podía disimular, una pena que parecía ahogarlo, suplicando sin palabras.
—Selena… —pronunció cada sílaba con todo el peso de su vida—. Yo, en toda mi existencia…
—Solo he amado a una persona. A ti.
Sus palabras cayeron como un trueno, llenas de una determinación que no dejaba vuelta atrás.
Selena vio sus ojos enrojecidos.
Ese era el hombre por quien ella había apostado toda su juventud.
Curvó los labios en una sonrisa cargada de ironía.
—¿De verdad?
—Vaya, presidente Méndez, con una declaración así hasta yo casi lo creo.
—Lástima —bajó la mirada, enfocando sus manos sobre las rodillas—, que llegaste demasiado tarde.
Sí, demasiado tarde.
Cuando más lo necesitó, él no estuvo.
Cuando ella se quedó esperando una explicación, él eligió callar.
Y justo cuando pensó que al fin podría dejarlo atrás y empezar de nuevo, él irrumpió de nuevo en su vida, arrasando con todo a su paso.
¿Ahora quiere hablar de amor?
¿Cómo podría ella creerle?
Isaac contempló su expresión distante, sus párpados caídos.
—Selena… —trató de tomarle la mano, pero ella se apartó con discreción.
—Sé que antes… hice muchas cosas imperdonables.
—Sé que, diga lo que diga, seguro ya no me crees.
Inspiró profundo, la voz le salió áspera, casi un susurro:
—Pero dame una oportunidad, ¿sí?
—Presidente Méndez, le pido que se retire.
—Y… no vuelva a buscarme.
Isaac la vio alejarse hacia la recámara.
Esa puerta, justo frente a él, se cerró despacio.
—¡Pum!—, el sonido seco retumbó en su pecho como un mazazo.
Con ese portazo, todas sus esperanzas se esfumaron.
Katia miró a Isaac, que seguía sentado, como ausente. Dudó un poco, pero se atrevió a hablar:
—Eh… presidente Méndez, ¿por qué no se va a descansar?
Isaac mantenía la vista fija en esa puerta cerrada, los ojos vacíos.
Pasó un largo rato antes de que, al fin, se levantara con lentitud.
Aunque era alto y fuerte, ahora parecía encorvado, abatido, como si el mundo se le viniera encima.
Avanzó hacia la salida como un alma en pena.
Su silueta, solitaria, daba lástima.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Amor que Fue