En la pantalla, la página de reproducción de esa canción seguía iluminada, mientras la sección de comentarios hervía de emoción.
[¡Ahhh Bruno sí que sabe! ¡Esa letra está de lo más dulce!]
[Seguro la escribió para sus fans... ¿verdad? (no me la creo)]
[¡Ya despierten! ¡Estamos en San Valentín! ¿Fans? ¡Seguro que es para la verdadera novia!]
...
Isaac repasó los comentarios con una mirada tan oscura que parecía capaz de manchar el aire.
Era su tesoro.
Su Selena.
¿Cómo iba a permitir que otros la desearan de esa manera tan descarada y pública?
—Contacta a la agencia de Bruno.
—Diles que todas las empresas bajo Grupo Méndez, y hablo de todo: inversiones en cine, canales de distribución, patrocinios, lo que sea, a partir de este instante, rompen cualquier trato con Bruno y su equipo.
Con esa orden, Bruno quedaba completamente vetado del medio del entretenimiento.
Grupo Méndez era un gigante, sus lazos llegaban a todos los rincones. ¿Quién se atrevería a contratar a Bruno después de esto?
Felipe se quedó pasmado. No esperaba que Isaac reaccionara con tanta fuerza, tan directo.
—Isaac, oye... —intentó Felipe, buscando calmarlo—, ¿no crees que te estás pasando? El chavo será molesto, pero tampoco es para tanto. Y Selena... si ella se entera...
Isaac ni se dignó a responderle. Miró a su asistente, su tono cortante como navaja.
—Hazlo.
—Enseguida, presidente Méndez. —El asistente salió corriendo, sin atreverse a decir nada más.
Isaac terminó de arreglar las rosas, agarró el florero de cristal y salió a toda prisa, con pasos decididos y pesados.
—¡Ey, Isaac! ¿A dónde vas?
Isaac ni volteó.
—Voy a ver a Selena.
...
La noche anterior, Selena había dormido como un tronco, pero el caos de la mañana le martillaba la cabeza.
La pantalla del celular todavía mostraba la nueva canción de Bruno. La letra era tan empalagosa que casi le daba risa, la melodía pegajosa, y los comentarios se desbordaban de euforia por el supuesto romance.
En ese momento, empezó el golpeteo en la puerta.
—¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!—
Cada golpe, más fuerte que el anterior.
Con una mirada de aprobación de Selena, Katia abrió la puerta.
Ahí estaba Isaac. Alto, erguido, irradiando autoridad.
Llevaba un abrigo oscuro, perfectamente cortado, que acentuaba sus hombros anchos y su cintura estrecha. Debajo, un suéter de cuello alto de lana fina. No había un solo cabello fuera de lugar.
En las manos sostenía un florero de cristal, con rosas rosadas, apenas abiertas.
Sin prestar atención a nadie, fue directo a la mesa de centro y dejó el florero.
—Selena, estas son de las que plantaste hace tiempo. Te las corté yo mismo.
Pero sus ojos no se apartaban de ella.
Selena seguía hundida en el sofá, envuelta en su pijama, el cabello recogido de cualquier forma.
Isaac la miraba, perdida entre cojines, igual que hace años, cuando se acurrucaba sobre él.

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