Inés volteó y miró a Selena, abrazándola con fuerza.
—Selena, muchas gracias.
Selena le devolvió el abrazo y le dio unas palmaditas suaves en la espalda.
Las dos platicaron un buen rato más antes de despedirse.
Cuando Inés se fue, Selena se sentó en una banca al borde de la calle.
Llevaba una chamarra blanca, esponjosa, y un gorro tejido del mismo color con orejitas de peluche que caían a los lados de su cabeza, dándole un aire inocente y tierno.
A unos metros, desde el interior de un carro, Isaac no le quitaba la mirada de encima.
La observaba vestida de blanco, con ese gorrito tan peculiar, sentada quieta, tan pequeña y perdida en sus pensamientos, que algo en su pecho se volvió blando, frágil, como si una ola de emociones estuviera a punto de arrasarlo.
No importaba cuántas veces la viera, siempre sentía que la quería, que no podía dejar de amarla.
Volteó hacia su asistente y le murmuró unas cuantas instrucciones.
El asistente bajó del carro y, minutos después, regresó con dos bolsas de papel con el logo de una cafetería impreso.
Isaac empujó la puerta del carro y se encaminó hacia la banca, proyectando una sombra alta que envolvió a Selena.
Ella levantó la mirada.
Isaac le tendió un vaso de café caliente.
—Para que entres en calor.
Selena lo tomó, y el calor del café le quitó de inmediato el frío de los dedos.
—Gracias.
Isaac se sentó a su lado.
Ambos guardaron silencio. Solo se oía el murmullo de los carros pasando a lo lejos, un sonido monótono que llenaba el espacio entre los dos.
Pasaron varios minutos así, hasta que Isaac habló primero, con voz grave, como si no le diera importancia:
—La empresa de Rubén ya no aguanta ni un mes.
Selena no respondió, solo miraba el café que tenía entre las manos.
Isaac continuó, y en su tono se coló una pizca de cautela:
—No dejes que esto te haga pensar que todos los matrimonios son iguales.
Por fin, Selena giró la cabeza y lo miró.
Isaac sostuvo su mirada. Tragó saliva, incómodo, y añadió con torpeza:
—No… no todos los matrimonios acaban así.
De repente, Selena sonrió. Era una sonrisa sin emoción, y sus ojos se cubrieron de una capa de hielo invisible.
¿Pero cómo iba a lograrlo él?
¿Qué era ser amigos?
Solo quienes ya no sienten amor ni rencor pueden ser amigos.
Isaac apretó las manos sobre las rodillas, luchando por contener la angustia.
Giró la cabeza y la miró de perfil.
La punta de la nariz de Selena se había puesto rojita por el viento, sus pestañas largas proyectaban una sombra suave bajo los ojos.
Ese gorrito de osito la hacía ver aún más dulce e indefensa, pero justo así, sin esfuerzo, tenía el poder de destrozarle el alma.
Sacó una cajetilla de cigarros del bolsillo, encendió uno y aspiró el humo, tratando de espantar la sensación asfixiante que lo invadía.
—Selena.
—No puedo —la voz de Isaac sonó muy suave, pero cada sílaba pesó—. No puedo ser tu amigo.
—Entonces, ni modo —contestó ella—. Si no podemos ser amigos, pues seamos extraños.
Selena se puso de pie, caminó un par de pasos y se detuvo. Se volvió hacia él, levantó el vaso de café aún tibio y esbozó una sonrisa cortés, cargada de distancia.
—Gracias por el café, presidente Méndez.

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