El aroma a chocolate caliente llenaba la cocina como un abrazo tibio que parecía envolver los recuerdos y curar las noches difíciles.
Catalina movía la cuchara con una calma que no tenía desde hacía meses, viendo cómo el vapor ascendía en espirales lentas que se desvanecían como pensamientos que al fin encontraba el valor de soltar.
Esa mañana no era una más.
Había una serenidad distinta, la de quien empieza a creer que la vida puede volverse amable otra vez.
Lana y Elian ya estaban sentados a la mesa, despeinados y con las mejillas encendidas por el sueño.
Movían las manos con torpeza, riendo y discutiendo por quién tendría más malvaviscos.
Catalina los observaba con el corazón lleno, consciente de que cada risa, cada palabra inocente, era una prueba de que había valido la pena resistir.
Se sentía profundamente feliz de poder estar con ellos otra vez, después de haber sentido el terror de perderlos para siempre. Aún recordaba con un escalofrío esos días en que quisieron arrebatárselos, y por eso ahora cada sonrisa, cada mirada, era un milagro que no daba por sentado.
—¿Puedo poner más malvaviscos, mamá? —preguntó Elian con una sonrisa traviesa, con esa mezcla de picardía y ternura que siempre lograba derretir a su madre y arrancarle una sonrisa involuntaria, recordándole lo afortunada que era de tenerlo frente a ella después de todo lo vivido.
Catalina arqueó una ceja, intentando mantener una compostura seria aunque la ternura se le escapaba por la mirada.
—Solo si prometes no dejar ni una gota en la taza —respondió con voz suave, sirviéndole con cuidado mientras pensaba en lo mucho que había extrañado esos pequeños rituales.
Elian levantó la mano como si jurara algo importante.
—Prometido —dijo, haciendo reír a su hermana.
Lana soltó una carcajada mientras revolvía su taza con tanto entusiasmo que unas gotas cayeron sobre la mesa, salpicando la madera con pequeñas manchas oscuras.
Catalina fingió un suspiro cansado, llevándose una mano al rostro con una sonrisa asomándose en sus comisuras, pero por dentro una oleada de ternura le llenó el pecho.
Ver a sus hijos reír así, sin miedo ni sombras, le recordaba que la lucha había valido la pena.
Aquella pequeña escena, tan común y tan cálida, la hacía sentirse más viva que nunca.
El sonido de pasos en la escalera interrumpió el momento. Los niños levantaron la vista al mismo tiempo y, al ver a Julián aparecer, sus rostros se iluminaron de inmediato.
—¡Tío Julián! —gritó Elian, dejando la taza a medio camino y corriendo hacia él con los brazos abiertos.
Lana lo siguió enseguida, riendo con esa risa libre que llenaba la casa.
Julián los recibió con una sonrisa que le suavizó el rostro.
Los abrazó con naturalidad, con ese afecto sincero que no necesitaba palabras, y por un momento el espacio se llenó de una calma que parecía venir de otro tiempo.
—¿Qué es todo este alboroto tan temprano? —preguntó, fingiendo severidad mientras sus ojos se encendían de ternura. Su voz tenía esa mezcla de autoridad y calidez que lo hacía parecer de casa.
—Estamos desayunando chocolate —dijo Lana con orgullo, levantando su taza—. Pero del que hace mamá, el rico, no el del colegio.
Catalina rió con ternura ante la ocurrencia de Lana, negando con la cabeza mientras se limpiaba las manos en el delantal.
Julián la observó desde el otro lado de la mesa con una sonrisa discreta, sin apartar la atención de los niños, disfrutando del modo en que esa mujer, que había aprendido a ser fuerte, se permitía por fin ser feliz.
—Ah, con razón huele tan bien —bromeó Julián mientras reía, con esa risa que lograba romper cualquier tensión.
Catalina lo observaba desde la encimera, con los brazos cruzados.
Había en esa escena algo que le erizaba la piel, una ternura silenciosa que no sabía cómo manejar.
Sentía cómo su corazón se ablandaba con cada gesto, con cada palabra de Julián hacia los niños. Él los trataba sin condescendencia, con una naturalidad tan honesta que la conmovía; no intentaba llenar ningún vacío, solo estaba ahí, presente, ofreciendo su paciencia y su cariño sin exigir nada a cambio.
Y esa forma sencilla de amar, sin palabras grandilocuentes, era precisamente lo que más la desarmaba.
Nunca lo había imaginado en una imagen tan cotidiana, y sin embargo, parecía encajar allí con naturalidad.
—Tío Julián, ¿vas a vivir con nosotros? Me gusta cuando vienes, porque haces reír a mamá y porque tú también sabes contar historias.
Lana, sin quedarse atrás, apoyó la barbilla en su mano y añadió con una ternura.
—Y además tú no gritas como papá. —Sus palabras fueron inocentes, pero en el aire quedó flotando una mezcla de verdad y nostalgia que hizo que Catalina sintiera un nudo en la garganta, mientras Julián les acariciaba el cabello con una sonrisa suave.

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