El beso los tomó a ambos por sorpresa, aunque en el fondo hacía tiempo que lo esperaban.
Fue un encuentro inevitable, el desenlace de todas esas miradas que se esquivaban y de los silencios que hablaban por ellos.
Al principio fue un beso temeroso, pero pronto se volvió profundo, urgente, lleno de todo lo que habían reprimido durante demasiado tiempo.
Catalina no supo si era el alivio, el cansancio o el simple hecho de sentirse viva otra vez, pero cada vez que los labios de Julián rozaban los suyos, algo dentro de ella se desmoronaba y, al mismo tiempo, se reconstruía.
Sintió que el mundo se reducía al calor de su boca, al roce de sus manos, al temblor que nacía en su pecho y la dejaba sin aliento.
Era un beso que dolía y curaba, que sanaba sin pedir permiso.
Sabía a verdad, a refugio, a un futuro posible, y a una promesa que no necesitaba ser pronunciada porque ya vivía en sus gestos, en sus respiraciones entrecortadas, en la manera en que se buscaban como si se reconocieran desde siempre.
Cuando se separaron, Julián la miró con desconcierto y deseo, con esa mezcla de ternura, respeto y asombro que solo se despierta cuando uno comprende que ha cruzado un punto sin retorno.
—Catalina... —murmuró apenas, con la respiración entrecortada.
Sus palabras tropezaron en su garganta, porque todo lo que sentía era demasiado grande para caber en una sola frase.
Su mirada buscó la de ella, como queriendo asegurarse de que aquello no era un error, aunque era la segunda vez que ella lo besaba por sorpresa.
Ella no lo dejó continuar. Sus ojos, brillantes por la emoción, parecían sostenerle el alma.
—He estado queriendo hacer eso toda la noche —susurró, con una sinceridad que le tembló en los labios—. No podía aguantar más. ¿Acaso tú no sientes lo mismo? —la pregunta flotó en el aire como una llama suave, llena de incertidumbre y esperanza.
Por un momento, Julián no respondió.
La observó en silencio, con la respiración agitada y los ojos dilatados, como si quisiera memorizarla.
Su mirada descendió por su rostro, deteniéndose en los labios aún húmedos, en los mechones de cabello que enmarcaban su piel, en ese gesto temeroso pero desafiante que tanto lo fascinaba.
Luego, una sonrisa leve curvó sus labios, la tomó por la cintura y en lugar de responder con palabras, la besó de nuevo.
Ese segundo beso fue distinto.
Ya no era un impulso, era una respuesta.
Catalina lo entendió y se aferró a su cuello, sintiendo cómo el peso de las últimas semanas se disolvía entre sus brazos.
El corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que le parecía escuchar el eco de su propio latido.
No había culpa, ni duda.
Solo el presente.
Solo él.
Caminaron a tientas hasta la habitación, guiados por la intuición, como si cada paso los acercara no a un lugar, sino a una certeza.
Afuera, la lluvia seguía cayendo con fuerza, pero en el interior de la habitación de Catalina todo se volvió cálido.
Cuando la puerta se cerró, el sonido de la tormenta se convirtió en un murmullo lejano, y sus respiraciones se fundieron en una misma cadencia.
Sus labios se buscaron una y otra vez, sin prisas, sin miedo, con la certeza de que habían encontrado algo que no se podía forzar.
Julián la atrajo hacia sí con una delicadeza reverente, casi temerosa, y Catalina sintió por primera vez que alguien la tocaba sin intentar poseerla.
Se dejaron caer sobre la cama entre risas ahogadas y suspiros que parecían llevar mucho tiempo esperando salir.
Catalina, con el pulso desbocado, comenzó a desabotonarle la camisa con manos temblorosas.
No era un gesto impulsivo, sino una necesidad, quería sentirlo real, confirmar que estaba ahí, que podía hacerla sentir viva y suya, pero Julián detuvo sus manos con suavidad.
Sus dedos se entrelazaron con los de ella inmovilizándolos, y el mundo volvió a quedarse en pausa.
—Catalina... —dijo con voz baja y la frente rozando la suya—. Esto no estaba en los planes.
Ella lo miró sin apartarse, con una sonrisa pequeña que le iluminó el rostro y suavizó el momento.
—Las mejores cosas nunca lo están —respondió sin titubear, sonando tranquila, pero en sus ojos ardía una determinación dulce.
Julián la observó un instante, con el alma desbordada, sintiendo cómo cada palabra de ella se le quedaba grabada en el pecho.
La luz tenue que se filtraba por la ventana pintaba reflejos sobre su piel, y él se descubrió deseando detener el tiempo solo para seguir mirándola.
—Eres increíble —susurró luego de unos segundos admirándola en silencio.
No era galantería ni impulso, era la verdad absoluta.
Sus ojos la recorrieron con devoción, deteniéndose en cada matiz de su rostro, en el leve temblor de su respiración, en la forma en que la luz acariciaba sus pómulos.
Apreció cada detalle, cada imperfección convertida en belleza, cada cicatriz invisible que contaba su historia, y sintió que en ella se encontraba la fuerza más pura que había conocido.
Era como mirar una obra que no buscaba la perfección.

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