Las palabras lo dejaron petrificado, y por primera vez en años, el patriarca perdió el control de su expresión.
Por un instante, Sebastián se quedó mirando las letras del documento sin poder procesarlas.
¿Cómo demonios había llegado ese papel a manos de Catalina? Aquel testamento no solo era una reliquia del pasado, sino una bomba que podía destruir todo lo que había construido.
Recordó el nombre que aparecía en él, Julián Moreau, aquel bastardo que no merecía nada, el hijo que su padre había tenido con la mujer que se consiguió años después de la muerte de su madre.
Veinte años habían pasado desde que lo vio por última vez, desde que ese muchacho desapareció del país, y en su mente, Sebastián ya lo había enterrado.
Lo creía muerto, borrado de la historia familiar, y ahora ese nombre volvía para perseguirlo.
El pulso le tembló, ni siquiera recordaba su rostro.
"¿Qué hace Catalina con esto? ¿Cómo consiguió algo que debía haber ardido junto con el resto de los papeles de mi padre?"
El pensamiento lo quemó por dentro, y por primera vez en décadas sintió el vértigo de perder el control.
Su respiración se detuvo y un leve tic en la mandíbula lo delató, ese mismo gesto que Catalina había aprendido a reconocer como su señal de debilidad.
El documento seguía abierto frente a él, las letras se movían apenas por el temblor involuntario de sus manos.
Cada palabra escrita era un fantasma que volvía del pasado para reclamar justicia. Sintió un frío que le subía por la espalda, un presentimiento que lo paralizó por un instante.
—¿Dónde consiguió esto? —preguntó con voz tensa, casi en un susurro que intentaba disfrazar el temblor, pero que se quebró al final, como si su garganta se negara a pronunciar las palabras.
Intentó mantener la compostura, enderezando la espalda y frunciendo el ceño, pero el miedo se filtraba entre sus gestos.
Sabía lo que ese papel significaba, lo había temido durante años, y ahora lo tenía frente a los ojos, como una condena escrita.
El rostro de Sebastián se fracturó por un segundo, apenas una grieta en su máscara de poder. Catalina lo vio, y esa pequeña fisura fue suficiente para confirmarle que había tocado el nervio más profundo.
Él intentó recomponerse, pero su orgullo se tambaleaba.
Catalina se puso de pie, cada palabra suya cayendo con la precisión de una sentencia. Su mirada era fuego y su voz, acero pulido por el dolor y la determinación.
—No subestime a la hija de Elise y Dixon Delcourt. No quiero su dinero, Sebastián —continuó con calma implacable, dejando que cada sílaba se hundiera en el silencio—. Quiero justicia. Y la voy a conseguir.
Mientras hablaba, una energía nueva parecía emanar de ella, su respiración era firme y sus manos no temblaban.
En su interior sentía cómo el dolor se transformaba al fin en fuerza, en una decisión irrompible.
El silencio que siguió fue casi físico, Sebastián la observó con los ojos encendidos, una mezcla de ira e incredulidad.
—Tiene más valor del que pensaba —admitió con un suspiro lento, que sonó más a advertencia que a elogio. Alzó la mirada con falsa serenidad—. Pero también menos tiempo.
—Eso lo decidirá el destino, no usted —respondió, tomando su bolso con movimientos controlados, la mirada fija en él como quien clava una estaca—. Le sugiero que empiece a rezar, Sebastián. Solo un milagro lo puede salvar.
Sin más que agregar, Catalina giró sin mirar atrás.

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