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Ahora mando yo, exmarido. romance Capítulo 46

Un estruendo quebró la quietud en la mansión Delcourt, un jarrón estalló contra el mármol y sus fragmentos rebotaron por el suelo como si fueran metralla.

Luciano, con el rostro desencajado, recorría el salón principal a pasos erráticos, incapaz de contener la furia que lo consumía. Arrancaba cuadros de las paredes, volcaba sillas, pateaba muebles, y cada golpe llevaba la carga de un odio que amenazaba con destruirlo a él mismo.

No le importaba que todo lo que había en esa casa fuera de Catalina.

—¡Me lo quitó todo! —rugió, con la voz rasgada por la desesperación y el veneno del fracaso—. ¡Catalina me lo arrebató todo! ¡Mis hijos, mi empresa, mi nombre, mi reputación!

Su respiración era un jadeo animal, y sus ojos brillaban con un fulgor enloquecido.

La rabia había borrado la elegancia fría con la que solía presentarse al mundo, ya no quedaba rastro del empresario calculador ni del hombre encantador que seducía con una sonrisa.

Frente a Margot y Adeline solo había un animal herido, acorralado, rabioso.

Margot, de pie en medio del desastre, observaba la escena con un temblor apenas disimulado bajo la rigidez de su porte. Sujetaba un pañuelo contra sus labios, como si ese trozo de tela pudiera contener el miedo que le subía por la garganta.

El estrépito de cada objeto destruido hacía que diera un respingo, pero aun así, se mantenía firme, con los ojos fijos en su hijo.

—Luciano… basta —pidió con la voz ronca, cargada de un temblor que intentaba ocultar sin éxito—. No ganarás nada perdiendo la razón.

Él se giró hacia ella con violencia, extendiendo un dedo acusador que temblaba por la rabia contenida.

Su rostro, enrojecido, estaba marcado por venas tensas que resaltaban bajo su piel.

—¡Tú no entiendes! —bramó, y la garganta se le desgarró en cada palabra—. ¡Catalina me humilló delante de todo París! ¡Yo lo tenía todo, madre, todo! Y ahora soy la burla de la prensa, la vergüenza de este apellido.

Margot cerró los ojos por un instante, sintiendo un escalofrío helado que le recorrió la espalda como una serpiente. Había presenciado las explosiones de su hijo antes, pero nunca lo había visto tan quebrado, tan despojado de control.

En su mirada ya no quedaba humanidad, eran los ojos de alguien que estaba cayendo en un abismo del que quizás no podría regresar.

Adeline, que hasta entonces se había mantenido en silencio, observaba la escena desde una esquina del salón.

Sentada con las manos apretadas sobre su regazo, mantenía la vista fija en la chimenea apagada, como si buscara en esas cenizas frías la calma que su hermano había perdido.

Cuando habló, su voz fue baja, pero tan cortante que rasgó el aire cargado de furia.

—Tal vez… no todo está perdido.

Luciano se detuvo en seco.

La respiración se le entrecortó, y la carcajada que estaba a punto de soltar se ahogó en su garganta. Giró la cabeza lentamente hacia su hermana, con los ojos desorbitados y un brillo inquietante de locura que hizo palidecer el rostro de Adeline.

—¿Qué dijiste? —gruñó, cada sílaba cargada de veneno, como si fuera un depredador que ha olfateado una presa.

Adeline alzó la vista con lentitud, y el resplandor de la lámpara rota dibujó sombras en sus facciones, endureciéndolas. Sus labios, tensos, pronunciaron con firmeza el nombre que pesaba como una sentencia.

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