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Ahora mando yo, exmarido. romance Capítulo 35

El lugar, que Julián había elegido con tanto cuidado como refugio para Catalina y sus hijos, se había convertido en el escenario de una prueba emocional que pondría a prueba el amor y la paciencia de una madre.

Catalina descendió lentamente del auto, con el corazón latiendo como un tambor de guerra en su pecho.

Sus manos temblaban dentro de los bolsillos de su abrigo claro mientras intentaba controlar su respiración. Cada segundo parecía eterno, y sabía que cualquier gesto malinterpretado podía destruir las pequeñas oportunidades que había logrado obtener tras semanas de batallas legales y estrategias silenciosas.

A su lado, una mujer de mediana edad, de rostro serio y porte profesional, la acompañaba.

Era la asistente social enviada por el Tribunal de Familia.

Sus ojos, fríos y observadores, y la carpeta que llevaba en la mano, eran el recordatorio constante de que Catalina no estaba allí como madre en plenitud, sino como una mujer a la que ponía a prueba su cordura.

—Recuerde, señora Delcourt —advirtió la mujer con voz firme, sin rastro de calidez, mientras la miraba por encima de las gafas—. Esta es una visita supervisada. Cualquier conducta inapropiada será reportada de inmediato. Tiene una hora —Sus palabras cayeron como una losa sobre los hombros de Catalina, intensificando la presión que ya sentía.

Catalina asintió en silencio.

No confiaba en su voz en ese momento, temía que al abrir la boca el torrente de emociones la traicionara.

Inspiró profundamente, llenando sus pulmones con aire frío, y caminó hacia el jardín, donde la escena se desplegaba ante ella como un cuadro agridulce.

Lana estaba sentada en un columpio, balanceándose lentamente. Su cabello se movía con el vaivén mientras su mirada permanecía fija en el suelo, sin una chispa de alegría.

Elian, por su parte, estaba en el césped, apilando bloques de madera que una y otra vez se derrumbaban.

Catalina sintió un nudo en la garganta, un dolor tan profundo que casi la hizo tambalear mientras contenía el impulso de correr hacia ellos, de envolverlos en sus brazos y asegurarles que todo estaría bien, pero se detuvo a tiempo.

Sabía que Luciano les había llenado la mente de mentiras y temores, prejuicios que no se borrarían con un simple abrazo, que más bien eso los asustaría más.

Tendría que ganárselos poco a poco, con paciencia infinita y un amor capaz de resistir el veneno.

Por eso había enviado antes a Sara con los niños, para que suavizara la imagen distorsionada que tenían de su madre y, cuando llegara el momento de dejarlos a solas con ella, no sintieran el mismo miedo que tantas veces los había dominado.

—Hola, mis niños —saludó con suavidad, su voz temblando apenas mientras se agachaba a su altura, temiendo romper el frágil silencio que los rodeaba.

Lana se detuvo por un segundo, su pequeño cuerpo tensándose con cautela, y aunque no levantó la vista, su postura no era del todo hostil, más bien mostraba desconfianza mezclada con una leve curiosidad.

El columpio siguió balanceándose lentamente, como si ese movimiento le brindara cierta seguridad mientras trataba de decidir si acercarse o no.

Elian tampoco miró a su madre, pero Catalina notó que sus hombros temblaron ligeramente, una señal de la intensa lucha interna que libraba.

Catalina se arrodilló junto a él, con movimientos delicados, sin invadir su espacio. Tomó uno de los bloques caídos y sonrió con ternura, intentando que su voz sonara tranquila, como antes, como en los días en que él se reía mientras jugaban juntos.

—Hola, mi amor. ¿Me cuentas qué estás construyendo? —preguntó con un hilo de esperanza latiendo en cada palabra, sintiendo cómo su corazón imploraba una respuesta.

Elian dudó.

Sus labios se apretaron como si luchara por encontrar las palabras correctas. Finalmente, murmuró sin levantar la mirada:

—Un castillo… pero se cae todo el tiempo. —Su voz era tan baja que apenas se escuchó, pero para Catalina sonó como un grito.

Catalina tragó saliva, tomó otro bloque y lo colocó con cuidado junto al suyo, sus dedos rozando levemente los de su hijo.

—Podemos reconstruirlo juntos —respondió con ternura, mientras contenía las lágrimas que amenazaban con desbordarse—. Como nuestra familia.

Elian la miró de reojo, y Catalina percibió en sus ojos duda, curiosidad y una chispa de reconocimiento que parecía luchar por brillar.

Sin embargo, esa luz estaba rodeada de sombras de miedo, un temor profundo que no se disiparía de la noche a la mañana, pero que le dio la esperanza de que poco a poco él podría volver a confiar en ella.

Lana observaba desde el columpio, su cuerpo rígido, como si temiera acercarse demasiado. Catalina se giró hacia ella, buscando un puente que las uniera, y recordó los cuentos que solían compartir antes de dormir.

—¿Saben qué? —dijo Catalina, mientras tomaba otro bloque y lo alzaba suavemente—. Esto me recuerda a una historia que solía contarles cuando eran más pequeños. —Su voz se llenó de calidez, como una melodía antigua que buscaba reconfortarlos.

Elian ladeó la cabeza, intrigado a pesar suyo, sus manos dejando de moverse sobre los bloques.

—Había una reina que vivía en un hermoso reino con sus dos hijos —comenzó Catalina, con voz envolvente, como un bálsamo para corazones heridos—. Pero un día, un hechicero muy malvado la encerró en una torre y les dijo a sus hijos que su madre era un monstruo. Ellos crecieron pensando que ella era una bruja que se comía a los niños… aunque en el fondo, su corazón sabía que no era cierto. —Catalina contaba aquel cuento con dramatismo, como si estuviera metiéndose en el papel, pero sentía que cada palabra era un espejo de su propia vida.

Elian dejó de colocar bloques y la miró fijamente, con los ojos muy abiertos y llenos de asombro. Lana detuvo el columpio, su cuerpecito inmóvil mientras la curiosidad vencía poco a poco a su recelo, y escuchaba atenta el cuento de su madre.

—¿La reina salió de la torre? —preguntó la niña con curiosidad, como si temiera la respuesta, con la inocencia de quien aún cree en los finales felices.

Catalina sintió que se le rompía el alma al escuchar aquella vocecita cargada de ternura, esta vez sin palabras hirientes ni rechazo.

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