El amanecer sobre París trajo consigo titulares que parecían cuchilladas directas al corazón de Catalina.
Las pantallas de televisión, las portadas de los periódicos y cada rincón de las redes sociales estaban inundadas por la imagen perfecta que Luciano había fabricado con una precisión calculada y perversa.
En una fotografía se le veía paseando por los jardines del parque Monceau con Lana en brazos y Elian tomado de su mano, mientras Adeline, impecable y con una sonrisa perfectamente ensayada, completaba el cuadro de la “familia perfecta” que Luciano había coreografiado a la perfección
Catalina conocía demasiado bien esa expresión, la misma que ella había usado durante años para ocultar su dolor. Todo era un teatro, un montaje diseñado para engañar al mundo.
"Luciano Moreau, el empresario y padre ejemplar que lucha por mantener unida a su familia."
"¿Reconciliación en el horizonte? Catalina Delcourt, ausente, mientras Luciano se muestra como un hombre renovado."
Catalina apagó el televisor de golpe, como si el silencio pudiera detener la marea de mentiras. Su respiración estaba entrecortada y sus manos temblaban, los nudillos blancos por la fuerza con que apretaba el control remoto. Permaneció de pie frente a la pantalla apagada, con los puños cerrados a los costados, sintiendo cómo la rabia y la impotencia se mezclaban en su pecho hasta amenazar con asfixiarla.
—Usa a mis hijos —murmuró con la voz rota, cada palabra cargada de veneno mientras su mirada se llenaba de lágrimas contenidas y de una ira que le quemaba el alma—. Los exhibe como trofeos, como armas para ganarse la simpatía del mundo.
Julián, sentado a la mesa con su tablet en la mano, la observaba en silencio. Su rostro estaba tenso, su mandíbula apretada como si contuviera el deseo de destrozar esa imagen falsa con sus propias manos.
—Está controlando la narrativa —dijo con voz grave, cada palabra pronunciada como un golpe seco mientras sus dedos se cerraban alrededor de la tablet con fuerza—. Se está vendiendo como el hombre que lucha por el perdón y la unidad. Y tú… —levantó la vista, fijando sus ojos en ella con intensidad, como si quisiera transferirle su propia determinación—, tú eres la villana invisible de esta historia.
Catalina tragó saliva, sintiendo el sabor amargo de la injusticia. La impotencia le quemaba por dentro como fuego líquido, subiendo por su garganta hasta nublarle los pensamientos.
—Yo soy la madre de esos niños —respondió, su voz firme y desgarrada por la emoción, mientras apretaba el pecho con una mano, buscando no quebrarse—. Nadie va a quitarme ese lugar. Nadie.
En ese instante, se escucharon pasos apresurados y el portazo de la entrada principal.
Mario apareció en el umbral, empapado por la lluvia, con el cabello pegado a la frente y el pecho agitado por el esfuerzo. En su mano llevaba un pequeño pendrive negro, apretándolo como si fuera un objeto sagrado que le quemara la piel.
—Lo tengo —anunció con urgencia y la adrenalina de quien sabe que lleva en las manos algo que puede cambiarlo todo, sus ojos estaban bien abiertos por la intensidad del momento.
Julián se levantó de inmediato, cruzando la sala con pasos veloces que resonaron sobre el suelo.
—¿Lo tienes? —preguntó sin saber de qué hablaba Mario, pero por su expresión debía ser importante.
Mario asintió, extendiendo el dispositivo con reverencia, como si se tratara de un arma y una salvación al mismo tiempo.
—Sara lo consiguió —explicó con rapidez, sin detenerse a respirar, con la voz temblorosa por el peligro vivido—. Estaba oculto en una carpeta encriptada en la computadora de Luciano. Ella lo descargó mientras él estaba fuera, pero fue arriesgado, demasiado arriesgado.
Catalina sintió que su corazón latía con violencia, como si quisiera escapar de su pecho, sus dedos clavándose en la tela de su vestido.
—¿Qué contiene? —preguntó con un hilo de voz, temiendo la respuesta, mientras su mirada se llenaba de miedo y de esperanza.
Mario intercambió una mirada intensa con Julián antes de hablar.
—El video original. El que destruyó tu vida.
El mundo de Catalina se detuvo. El aire se volvió espeso, difícil de respirar, y un zumbido llenó sus oídos mientras sus piernas se debilitaban hasta sentir que se hundía en el suelo.
—Ponlo —ordenó Julián, mientras su mano se extendía hacia la laptop.
Mario conectó el pendrive a la laptop y la pantalla se iluminó, mostrando un archivo con la fecha grabada en una esquina. Catalina retrocedió un paso, el estómago hecho un nudo y la mente llena de recuerdos que desearía borrar.
Aquella fecha estaba grabada en su memoria como el inicio de su peor pesadilla.
La imagen comenzó a reproducirse ante ellos.
Era la cocina de la Mansión Delcourt. Catalina apareció en el centro, con el cabello revuelto, el vestido manchado por gotas de jugo. Su respiración era agitada, y su rostro mostraba una expresión que ella misma no reconocía, los ojos desorbitados y los labios temblorosos.
En sus manos tenía un cuchillo el cual agitaba en el aire y brillaba bajo la luz blanca.
Catalina contuvo la respiración, sintiendo que todo su mundo se congelaba mientras un sudor frío recorría su espalda.
Era el mismo video que Luciano le había mostrado en su oficina aquella noche, cuando le dijo que estaba loca, cuando él mismo le aseguró que no tenía otra opción que internarse para proteger a los niños.
Recordó perfectamente cómo el personal la miraba con horror en el video manipulado, cómo algunos retrocedían con miedo mientras otros gritaban su nombre.
Las palabras de Luciano regresaron a su mente como un eco envenenado:
"Mírate, Catalina. Mira lo que eres. Si no te internas, el juez no dudará en quitarte a los niños. Ni siquiera yo podré protegerte."
Un temblor sacudió su cuerpo y sus manos, frías, se cerraron en puños.
—Ese… ese es el video que me mostró —susurró con la voz temblorosa como si reviviera aquella humillación, sus ojos perdiéndose en el recuerdo—. Por ese video acepté internarme. Porque pensé que estaba enferma, que no podía confiar en mí misma… que era un peligro para mis hijos —terminó, la voz quebrándose al final mientras las lágrimas caían.
Un sollozo subió por su garganta, pero lo contuvo con un esfuerzo titánico que la dejó sin aliento.
Mario, con el ceño fruncido y el corazón apretado por la impotencia, se inclinó sobre la laptop con ansiedad, recordando cada momento en el que deseó ayudarla y no pudo, mientras en su interior ardía el dolor de haber estado en silencio durante todo ese tiempo, ocultando también el amor secreto que sentía por Catalina y la frustración de no haberla protegido cuando más lo necesitaba.
—Espera. Mira esto —dijo con su respiración acelerada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ahora mando yo, exmarido.