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Ahora mando yo, exmarido. romance Capítulo 30

El coche se internaba por un camino angosto bordeado de árboles altos, cuyas ramas se entrelazaban en lo alto, formando un túnel natural que parecía separar el mundo exterior de aquel refugio secreto.

La ciudad quedaba atrás, con su ruido y su veneno, y a cada kilómetro la atmósfera se transformaba, volviéndose más pura y serena.

Catalina miraba en silencio por la ventanilla, observando cómo las luces urbanas se apagaban lentamente.

Cada curva de la carretera era un recordatorio de que se alejaba de Luciano, de Margot y de las sonrisas envenenadas que había enfrentado durante el almuerzo.

Iba recostada en el asiento trasero, con las manos entrelazadas sobre el regazo. Sus dedos, fríos y tensos, parecían aferrarse a los restos de la rabia y la impotencia que aún ardían en su interior.

A su lado, Julián mantenía la vista fija en la carretera, su perfil recortado por la luz intermitente de los faros. No pronunciaba palabra, pero su presencia era un escudo silencioso, una promesa de que ya no tendría que luchar sola.

—¿A dónde vamos? —preguntó Catalina finalmente con voz baja, como si temiera romper la frágil calma que se había instalado entre ellos.

No sabía a donde la llevaba, ese no era el camino a la villa de Julián.

Julián giró apenas la cabeza y le dedicó una mirada fugaz, cargada de complicidad y misterio.

—A un lugar donde puedas respirar —respondió con serenidad, su voz grave envolviéndola como un refugio—. Donde nada ni nadie pueda tocarte.

Catalina frunció el ceño, desconcertada, con el corazón latiéndole más rápido ante la promesa implícita en esas palabras, mientras en su mente se mezclaban la intriga y la esperanza, preguntándose si por fin habría encontrado un lugar donde sentirse a salvo, temiendo al mismo tiempo que todo aquello no fuera más que una ilusión que podría romperse en cualquier instante.

—¿Y por qué siento que lo dices como si fuera más que una simple escapada?

Él no respondió con palabras.

En su lugar extendió la mano y cubrió la de ella con un gesto firme y cálido, y en ese contacto silencioso se dijeron más cosas de las que podían pronunciar.

Catalina lo miró sorprendida por la intimidad del gesto y sintió que algo dentro de ella se aflojaba como si una cuerda invisible se rompiera y le regalara un respiro liberador

El coche se detuvo suavemente frente a un portón de hierro forjado.

Dos guardias lo abrieron sin preguntar nada, y Julián le hizo una seña al chofer para que avanzara.

Catalina sintió que el aire cambiaba apenas cruzaron al otro lado.

Ante sus ojos, la propiedad se desplegó como un cuadro perfecto: decenas de cerezos en flor rodeaban una casa elegante y luminosa, con ramas cargadas de pétalos rosados que danzaban en el viento como copos de nieve delicados.

La brisa traía un aroma dulce y fresco que la envolvió por completo, despertando en ella una sensación de calma y maravilla, como si por fin hubiera cruzado a otro mundo donde el dolor y la traición no existían.

—Oh… —susurró, llevándose una mano al pecho, incapaz de contener la emoción que se agolpaba en su garganta.

Durante un instante se quedó inmóvil en su asiento, con el corazón palpitando desbocado.

Había algo irreal en aquella visión, tan perfecto que parecía un sueño.

Había pasado tanto tiempo sobreviviendo entre muros hostiles, rodeada de intrigas y dolor, que había olvidado la sensación de ver belleza sin sufrimiento.

—Julián… ¿qué es este lugar?

Él bajó del coche y le ofreció la mano para ayudarla a descender.

—Es tu refugio, Catalina. —Sus dedos rodearon los suyos con delicadeza y firmeza a la vez—. Lo compré para ti… para ustedes.

Catalina parpadeó, incrédula, sintiendo un vértigo inesperado que la hizo tambalear por dentro, como si el mundo se hubiera movido bajo sus pies y su corazón olvidara por un instante cómo latir.

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