Grupo Norte se alzaba con una presencia imponente entre los rascacielos del distrito financiero. Su estructura de acero y vidrio no solo reflejaba el cielo, sino también una jerarquía invisible que separaba a los poderosos del resto.
Su entrada principal estaba reservada para ejecutivos de alto nivel, pero la entrada lateral, aún más resguardada, era un acceso exclusivo para aquellos con autorizaciones especiales.
A través de esa vía ingresó Sara esa mañana, sin imaginar el peso de lo que estaba por enfrentar.
El guardia de seguridad, impecablemente vestido, la observó sin hacer preguntas innecesarias. Solo pidió su nombre, realizó una llamada rápida y, tras recibir la confirmación, se limitó a señalar con la mano hacia el ascensor de acero pulido.
—Sala ejecutiva tres —informó con tono seco—. La están esperando.
Sara frunció el ceño, desconcertada ante aquella afirmación inesperada que no coincidía con lo que imaginaba.
Una parte de ella había asumido que solo vería a Julián, no a más personas, por lo que aquella revelación cambió por completo la anticipación con la que había subido al edificio.
—¿La están? —repitió, dejando ver su incomodidad.
—Sí, el señor Moreau y sus invitados —añadió sin cambiar el gesto ni ofrecer más explicaciones.
La palabra "invitados" le provocó una punzada en el estómago, como si algo en su interior presintiera que aquella reunión no sería lo que había imaginado.
Entró al ascensor arrastrando una mezcla de ansiedad, incertidumbre y una creciente desconfianza.
Aunque el trayecto fue corto en tiempo, cada segundo se estiró en su mente como si el ascensor ascendiera por una eternidad. Mientras subía, el suave zumbido del motor se transformaba en una cuenta regresiva que le latía en los oídos, amplificada por el silencio a su alrededor.
Al llegar al piso indicado, una asistente la esperaba con una compostura impecable. Vestía de forma sobria, sin distracciones, y con una sola mirada le indicó que la siguiera.
Avanzaron por un pasillo tapizado, donde los pasos se ahogaban, y donde el ambiente olía a cuero, madera encerada y café recién hecho. Los ventanales ofrecían una vista imponente de la ciudad, pero Sara apenas notaba su entorno.
Cuando llegaron a la sala ejecutiva, la asistente abrió la puerta con cuidado y se hizo a un lado para permitirle el paso.
En el umbral, Sara se detuvo en seco. Lo que vio frente a ella la hizo contener la respiración.
Catalina Delcourt estaba sentada con una postura perfecta, irradiando esa elegancia callada que solo poseen quienes han sido rotas y aún así se niegan a inclinarse.
No llevaba joyas ni prendas ostentosas. No lo necesitaba.
A su lado, un hombre de aspecto reservado que le resultaba desconocido, aunque por la actitud serena con la que sostenía una carpeta entre las manos, Sara intuyó que debía ser alguien cercano a Catalina, a su izquierda estaba otro señor muy bien vestido con algunas canas asomándose en su cabello oscuro, mientras que Julián Moreau, de pie, se giraba lentamente hacia ella al notar su presencia.
No hubo formalidades ni sonrisas. El ambiente estaba cargado de algo más profundo que cortesía.
—Gracias por venir, Sara —dijo Julián, con voz firme y tono bajo que no buscaban impresionar, sino marcar con precisión el peso de aquella reunión, dejando claro que no había lugar para falsas cortesías ni para rodeos innecesarios. —Espero no te incomode la presencia de mis invitados. Él es Mario Vallet, ex contador de Grupo Delcourt y mejor amigo de Catalina, y él es Étienne Dubois abogado de la familia Delcourt. Y bueno, Catalina, ya la conoces.
Ella avanzó lentamente, sintiendo que cada paso le exigía más valor que el anterior, pero no llegó a sentarse. Permaneció de pie por unos segundos, como si aún necesitara reunir las piezas dispersas de su voluntad antes de ceder a la invitación tácita de esa sala.
Catalina la observó con una expresión serena, aunque en sus ojos se leían el dolor, firmeza y cierta compasión.
—¿Tú también creíste que eras especial para Luciano? —preguntó con una tranquilidad que dolía más que si lo hubiera gritado.
Sara bajó la mirada, y sus pestañas temblaron con la fuerza del impacto. Aquella pregunta no requería explicación, pues su silencio ya la contenía toda.
Cerró los ojos un instante, sintiendo cómo el eco de esas palabras la atravesaba con crudeza. Finalmente, asintió con un leve movimiento de cabeza, sin emitir palabra, como quien acepta no solo una verdad, sino también el dolor que la acompaña.
—Encontré cosas en su oficina —empezó a explicar en voz baja—. Contratos, firmas, recibos... Al principio no entendía qué significaban. Luego vi dos notas, idénticas en contenido pero dirigidas a dos mujeres diferentes, junto a dos joyas, y en ese momento supe que todo había sido una mentira.
Catalina asintió con lentitud, como quien reconoce cada curva del camino porque ya lo ha caminado, tropezado y sobrevivido a cada una de sus piedras.

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