Gabriela suspiró aliviada al ver que Mila se alejaba.
Pero en ese instante, su garganta volvió a ser apretada. La voz distorsionada de Zacarías resonó en su oído.
—¿Todavía tienes tiempo para preocuparte por los demás?
La falta de oxígeno la mareó, dejándola sin fuerzas.
Ahora, toda la atención de Zacarías estaba centrada en ella.
Con sus manos apretando fuertemente el cuello de Gabriela, la arrastró hacia lo más profundo de la montaña.
—¿Me crees estúpido? ¿Crees que voy a esperar a que esa mocosa traiga ayuda? Gabriela, ¡hoy nadie podrá salvarte!
Gabriela no pensaba rendirse. Antes solo se había dejado someter para asegurar que Mila estuviera a salvo.
Afortunadamente, Zacarías era impulsivo y actuaba sin planear nada. Igual que aquella vez que intentó proponerle matrimonio de la nada, todo lo hacía guiado por sus emociones descontroladas.
Esta vez venía por ella, pero sin una estrategia clara, lo que le permitió darle a Mila la oportunidad de escapar.
Ahora que Mila estaba a salvo, podía luchar con todo lo que tenía.
Sabía perfectamente que no podía dejar que la arrastrara al bosque. Los senderos allí eran engañosos, y aunque llevaba tiempo trabajando en la zona, solo conocía lo básico.
Igual que la base secreta de Mila; de no ser por la niña, jamás la habría encontrado.
Incluso los guardabosques profesionales llevaban GPS al salir.
Y ahora, Gabriela no tenía ningún equipo. Sometida por Zacarías, lo único que tenía en la mano era la rama con la que le había estado enseñando a escribir a Mila.
Su mente trabajaba a toda velocidad. Solo tendría una oportunidad para contraatacar, y debía ser perfecta.
De lo contrario, en un forcejeo físico llevaba las de perder. Si provocaba a Zacarías y este sacaba un arma, su vida correría grave peligro.

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