Pensar en Rocco llenaba a Gabriela de incertidumbre.
Se daba cuenta de que, últimamente, era incapaz de descifrarlo.
En el pasado, fue él quien la destrozó con palabras crueles y acciones despiadadas, convirtiéndose en el golpe final que la dejó sin rumbo en la vida.
Y ahora, era él quien aparecía constantemente, de forma inexplicable pero real, a su lado.
A veces por casualidad, otras con intención, siempre terminaba ayudándola.
Aunque siempre se escudaba en que Gabriela le debía favores, hasta ahora las cosas que le había pedido a cambio habían sido triviales: que lo acompañara al resort y que ella le invitara a cenar.
Pero el favor que le debía esta vez era distinto. Rocco había sido fundamental para que encontrara a su hija; era una ayuda inmensa, nada comparable a las anteriores.
Aun así, si le había dicho que él podía poner el precio, cumpliría su palabra.
Las pestañas de Gabriela temblaron y, al ver la base secreta a pocos metros, espantó sus confusos pensamientos.
Su prioridad ahora era su hija. Lo demás lo resolvería cuando regresaran a Puerto Serena. De cualquier forma, si Rocco iba a exigirle algo, seguramente esperaría a que estuvieran de vuelta en la ciudad.
Con esos pensamientos, Gabriela guió a Mila hasta la base secreta.
Se notaba que la niña llevaba tiempo sin ir. En su carita se dibujó una mezcla de familiaridad y entusiasmo.
Cuando vivía solo con Doña Lola, aunque trabajaba duro, tenía algunos momentos libres. Al no tener amigos, jugaba sola por la montaña y venía a su base a comer frutos silvestres.

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