Mila no dejó de abrazarla y consolarla hasta que Gabriela por fin dejó de llorar.
Diez minutos después, logró calmarse.
La levantó, la sentó en la cama y la miró a los ojos con absoluta seriedad.
—Mila, escúchame bien. De verdad soy tu mamá. Soy tu mamá biológica. Tú eres mi hija. ¿Entiendes lo que te digo?
A Mila parecía costarle procesar todo lo que había pasado desde la noche anterior. Hasta hace un rato, seguía pensando que debía volver a casa o Doña Lola se enojaría.
Por eso, lo primero que Gabriela quería hacer al recuperar la compostura, era explicarle la situación para que entendiera su nueva realidad.
Mila parpadeó con esos grandes ojos idénticos a los de Gabriela. Asintió y luego negó con la cabeza.
—Pero... la abuela dijo que no tengo papá ni mamá. Que soy... una maldición.
La miró con genuino terror.
—Soy una maldición. Hago que los papás se mueran.
*Si la señorita es mi mamá de verdad... ¡se va a morir por mi culpa!*
—¡Eso es mentira! ¡No eres ninguna maldición! ¡Todo lo que te decían era mentira! —el odio que Gabriela sentía por Doña Lola se multiplicó mil veces.
Miró a la pequeña, pronunciando cada palabra con claridad.
—Mila, tú no eres de la familia Guzmán. Cuando naciste, unas personas muy malas te robaron y te alejaron de mí.

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