En medio de las ruinas desoladas, el llanto de Mila resonaba en la montaña.
Sus sollozos se volvían cada vez más fuertes, como si estuviera expresando toda su añoranza y descargando toda su frustración.
Las pesadas lágrimas de la niña cayeron directamente sobre el corazón de Gabriela. Un dolor sordo y agudo le cortó la respiración.
Por fin, incapaz de aguantar más, envolvió a Mila en un fuerte abrazo.
—Ya estoy aquí... regresé... —La garganta de Gabriela se sentía como si tuviera atorada una navaja oxidada, causándole un dolor punzante y amargo.
En sus manitas, Mila aún aferraba la ropa que estaba lavando, la cual quedó apretada contra Gabriela durante el abrazo.
Era la ropa empapada de un adulto, que todavía desprendía un olor a jabón barato.
Gabriela apoyó la cabecita de Mila en su cuello. Quizás, al sentir por fin el calor de un abrazo real y protector, la niña se desahogó por completo.
Lloró aún más fuerte, hasta llegar a los espasmos.
—Señora... tengo miedo... me da mucho miedo...
Esa simple confesión de terror atravesó el corazón de Gabriela como un cuchillo afilado.
Tragó saliva, reprimiendo esa sensación de desgarro en su pecho.
—No tengas miedo. Ya estoy aquí, de ahora en adelante nadie te volverá a hacer daño.
Diciendo esto, Gabriela apretó su abrazo y levantó a la pequeña en brazos.
Al sentir que su espalda se había empapado, notó que Mila todavía tenía aferrada esa prenda.
Con suavidad se la quitó de las manos y la observó con frialdad.
Era una chaqueta para adultos. Por el diseño y la talla, no parecía ser de Doña Lola, sino más bien de su hija.
Luego miró aquel recipiente gigante, en el cual Mila habría cabido perfectamente. Estaba repleto de prendas de todo tipo.

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