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Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera romance Capítulo 461

—¡Cómo es que no se parece a esos helicópteros rígidos de la tele! ¡Por dentro parece de primera clase!

—¡Pues claro! ¿No escuchaste a Zac? Es el helicóptero de alguien con mucho dinero y poder. ¡No iba a ser uno del montón!

—¿Acaso no la reconocen? La que bajó del helicóptero es la Consultora Aranda, la científica que vino antes a liderar el equipo.

—¡Sí, con razón me parecía conocida! ¡Es la Consultora Aranda, ella nos salvó la vida!

—¡Y al hombre que vino con ella también lo conozco! Es el gran benefactor del que hablaba el jefe, un gran empresario que donó muchísimo dinero para nuestra gente.

—Escuché que hasta la Escuela Rural de la Esperanza la reconstruyó él con su propio dinero. Los pupitres de nuestros hijos, esta cancha y esas casas con goteras, todo lo pagó él.

—¡Ay, Dios mío! Sabía que tenía dinero, pero no me imaginaba que tanto, ¡hasta tiene su propio avión!

—Oigan, ¿qué relación creen que tengan la Consultora Aranda y ese gran empresario? ¿Por qué llegaron juntos?

Entre la multitud, Zacarías se quedó de pie en silencio, con los ojos llenos de conmoción y resentimiento.

Justo cuando ya se había preparado para correr y presentarse en cuanto el pez gordo bajara del helicóptero, lo que vio fue a Gabriela Aranda y a ese hombre que lo había pateado por ella.

Ellos... ¡cómo podían ser tan asquerosamente ricos!

...

—¡La nueva casa de Mila Guzmán está justo ahí enfrente! —señaló Diego hacia una vivienda, hablándole a Gabriela—. Doña Lola Guzmán eligió este lugar porque decía que era tranquilo. Pensé que, como no se lleva bien con los vecinos y siempre se la pasa peleando, eso tampoco era bueno para Mila, así que las ayudé a mudarse.

Diego temía que Gabriela malinterpretara y pensara que había malgastado el dinero que ella había donado, por lo que sintió la necesidad de explicarse.

Gabriela asintió con una sonrisa de agradecimiento hacia Diego y luego corrió rápidamente hacia la casa.

Apenas entró al patio, escuchó la risa de una niña que venía de adentro.

Pero...

¡Esa risa claramente no era la de Mila!

—¡Mila! —gritó desde el patio. Aunque ella había pagado el alquiler, al fin y al cabo, quienes vivían allí eran Doña Lola y Mila. No estaría bien irrumpir sin permiso.

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