Desde el aire, Gabriela sintió ese característico nudo en el estómago que aparece cuando estás a punto de volver a casa.
La última vez que se sintió tan nerviosa fue cuando, antes de regresar al instituto, fue al centro de reposo a visitar a Don Antonio Aranda.
A medida que se acercaban a su destino, la ansiedad crecía incontrolablemente.
Gabriela sacó de nuevo el celular y abrió la foto de Mila.
Desde que supo que existía una enorme posibilidad de que Mila fuera su bebé, había mirado la imagen una infinidad de veces.
Al principio, solo revisaba cómo lucía la niña; pero ahora, escrutaba cada detalle con detenimiento, sin dejar pasar un solo pixel.
Sentía que, haciéndolo, lograba acercarse un poco más a ella.
Se había dado cuenta de que, en la esquina inferior derecha de la foto, sobre una mesita, había unos juguetes.
Mila nunca antes había tenido juguetes. Doña Lola jamás le había comprado nada y nunca la dejaba jugar.
Cuando Gabriela aún estaba en el pueblo, había notado a la niña mirando embelesada a otros chiquillos con sus juguetes. A pesar de ser tan valiente e independiente, apenas tenía seis años; como cualquier niño, soñaba con jugar.
Por eso, al ver esos pequeños tesoros asomando en la imagen, quiso creer que le pertenecían y que Doña Lola se los había comprado con el dinero que ella le enviaba.
¡Qué maravilla!
Al fin, su pequeña no tendría que envidiar a otros niños y tendría algo propio para divertirse.
Además, notó que la ropita de la niña le quedaba un poco más holgada. Eran las mismas prendas que ella le había regalado, lo que indicaba que ahora la vestían con ropa limpia y digna.
¡Era un alivio inmenso!
Mila ya no tendría que andar con aquellos harapos sucios y gastados.
También se fijó en que, sobre un estante detrás de ellas, había varias bolsitas de dulces y golosinas. Aunque en parte tapadas por sus figuras, por los empaques coloridos supo que eran los dulces y frituras picantes que tanto les gustan a los niños.
Gabriela siempre había pensado que la comida chatarra era dañina y que los niños no debían consumirla.

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