Gabriela sostenía el teléfono en la mano, y en su mente no dejaba de hacer eco la frase de Rocco: *Ya lo encontramos.*
Lo habían encontrado...
Aún no había terminado su llamada con Rocco cuando Lorenzo irrumpió en su oficina a paso veloz. Sin decir ni una sola palabra de más, agarró a Gabriela del brazo y la levantó de la silla.
—Ya estoy al tanto de todo. De ahora en adelante yo me encargo del centro de investigación. Sal de aquí ahora mismo y ve a hacer lo que tienes que hacer.
Gabriela lo miró un poco desorientada y entonces cayó en cuenta de que Rocco ya había hablado con su profesor y con Lorenzo antes de llamarla a ella.
Al ver la escena, Clara se movió con rapidez y eficacia: agarró el bolso de Gabriela, metió en él sus cosas y corrió detrás de ella.
—¡Directora, directora, su bolso!
—No se preocupe, directora. Me encargaré de mantener todo funcionando a la perfección en el laboratorio. Además, están los demás profesores clave; todo va a estar bien —le dijo Clara mientras le entregaba el bolso.
Gabriela lo tomó justo cuando Lorenzo ya la estaba sacando a rastras de su oficina.
Con el teléfono todavía en línea con Rocco, Gabriela les lanzó a Lorenzo y a Clara una mirada cargada de sincera gratitud.
Luego, le dijo a Rocco por teléfono:
—Enseguida bajo.
Salió de allí casi corriendo, y antes de cruzar la puerta principal del centro de investigación, vislumbró a lo lejos el coche de Rocco.
Damián ya la esperaba de pie junto al auto con la puerta trasera abierta de par en par.
Al ver que se acercaba a toda prisa, Damián le dijo en voz alta:
—Señorita Aranda, sin prisas, todavía tenemos tiempo de sobra.
Pero apenas Damián terminó la frase, Gabriela ya estaba al lado del vehículo.
Fue entonces, justo antes de subir, que notó que detrás del coche de Rocco había otro. A través del parabrisas se alcanzaba a ver que en el interior iban dos hombres fornidos.
—Ah, son los guardaespaldas que nos acompañarán esta vez. Su trabajo es velar por la seguridad de la señorita Aranda y del jefe —aclaró Damián.

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