El oficial Cortés caminó por delante y le indicó a Gabriela que se mantuviera detrás de él.
Antes de llegar al hombre, escaneó con la mirada los alrededores. Cuando estuvo seguro de que no había peligro, le hizo una seña a Gabriela para que se acercaran.
Apenas estuvieron frente a él, el oficial sacó su identificación policial y se la mostró.
El hombre tenía el rostro demacrado. Al ver la placa policial, sus ojos se dilataron por un segundo, como si no hubiera creído que Gabriela de verdad llevaría a la policía.
Pero enseguida esbozó una sonrisa.
—Oficial, soy un ciudadano ejemplar, jamás he infringido la ley. Le pedí a la señorita Aranda que viniera hasta acá porque, como ve, me cuesta mucho moverme.
El oficial le echó un vistazo a la pierna amputada del tipo y fue al grano.
—¿Dices que conoces a Rogelio?
Gabriela dio un paso al frente y miró al hombre fijamente, para no perderse ni un solo detalle de su expresión.
El tipo asintió.
—Sí, tuve un vecino al que le decían Rogelio.
De inmediato, el policía sacó el retrato de Rogelio y se lo puso frente a la cara.
—Míralo bien. ¿Es la misma persona?
El hombre entrecerró los ojos para ver el dibujo, arrugó la frente y se señaló el lado izquierdo de la cara.
—A ver... la forma de la cara se le parece, pero este lunar... El Rogelio que yo conocía sí tenía un lunar en la cara, pero lo tenía debajo del ojo, más cerca de la nariz, y no a la orilla de la boca. Además, no lo tenía a la derecha; si no me falla la memoria, estaba del lado izquierdo.
El oficial Cortés frunció el ceño y endureció el tono.
—¡Vuélvelo a mirar con atención!
—¡Ya lo vi bien! —El hombre empezó a alterarse—. La pura cara nomás se le parece, el Rogelio que digo tenía cara larga. No tenía los ojos tan chicos y su pelo... no me parece que fuera tan pelón. Ese dibujo... está mal hecho.
—¿Y por qué deberíamos confiar en lo que nos dices tú? —preguntó el oficial.
En el fondo, tanto Gabriela como él sabían que el retrato no era exacto. Había pasado demasiado tiempo y los recuerdos de la familia de Gloria estaban confusos. De hecho, cuando se hizo el boceto, las descripciones de los tres miembros de esa familia no coincidían del todo.
El retrato era más bien un popurrí de lo que cada uno había dicho.
—Bueno... —El hombre dudó ante el interrogatorio—. Ya tiene unos años que no lo veo, chance y yo también ando medio norteado.
Eso significaba que no había forma de confirmar si el Rogelio del que hablaba el hombre era el mismo Rogelio que andaban buscando.
A fin de cuentas, "Rogelio" era un nombre común y podía haber muchos.
—Bueno, cuéntanos qué sabes —dijo el oficial Cortés, cediéndole la palabra.
El hombre miró de reojo a Gabriela.

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