Héctor no dijo nada, pero por su expresión quedaba claro que estaba de acuerdo.
Pasara lo que pasara, la sangre de la familia Jara no podía confundirse.
La jugada del Oficial Cortés funcionó a la perfección.
El primero en perder los nervios fue el hijo de Gloria. Corrió hacia su esposa, jaló a la niña de seis años y gritó aterrado:
—¡No iremos a ninguna parte! ¡No le haremos ninguna prueba! Es solo una niña, ¿y si le pasa algo por sacarle sangre?
Gloria también saltó en su defensa y le gritó a Viviana:
—¡Viviana, ¿qué significa esto?! Te he cuidado a la niña y ahora me tratas así. ¿Insinúas que me robé a una niña?
—¡Nadie está diciendo que te la robaste! —Viviana estaba ansiosa, sabiendo que su prima había malinterpretado a los oficiales. Pero no podía confesar frente a ella que su propia hija, Valentina, era la verdadera secuestradora.
—Si esta es la niña que te di a cuidar, déjanos llevarla a la prueba de ADN. Prometo recompensarte después —dijo Viviana, sintiendo un fuego ardiendo en el pecho. La angustia la carcomía.
Simplemente no entendía por qué su prima y su familia estaban reaccionando con tanto terror.
—¡No! ¡Por ningún motivo se la van a llevar! —Gloria bloqueó el paso con su cuerpo—. Si no la quieren, déjenmela a mí. Le he tomado mucho cariño en todos estos años. Ya no tienes que darme más dinero, Viviana. De ahora en adelante, será como mi verdadera nieta.
—¡Pero de qué hablas! ¡Nunca dije que no la quisiera! ¡Es mi nieta, claro que me la voy a llevar! —A estas alturas, Viviana no se atrevía a rechazar a su supuesta nieta.
Pero Gloria estaba decidida.
—¡Ya no te la voy a dar! ¡Esta niña es mi nieta! ¡Largo de mi casa! ¡Fuera de aquí!
Comenzó a empujarlos violentamente para sacarlos.
Pero no iba a salirse con la suya tan fácil. El Oficial Cortés, con mirada afilada, ya la tenía en la mira.
—¡Señora, esto es una investigación policial, no un juego! Más vale que colaboren y digan la verdad ahora mismo. Si se niegan, les aseguro que averiguaremos qué esconden. Y cuando lo hagamos, será demasiado tarde para ustedes.
Una vez más, el oficial estaba presionando a la familia.
Y funcionó. La resistencia del hijo de Gloria se quebró por completo y cayó de rodillas al suelo.
—Lo siento... confieso... no debí haberla vendido... perdóneme...
Un hombre hecho y derecho de casi cuarenta años lloraba a lágrima viva y suplicaba de rodillas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera