Valentina Jara apretó los dientes, con la voz temblorosa.
—Entonces, ¿qué es lo que quieres?
—Quiero que pagues por lo que hiciste —le clavó una mirada gélida—. Te dije que no te dejaría escapar.
—Tú... Gabriela... —Valentina la miró horrorizada. Nunca había visto esa faceta de Gabriela Aranda.
Gabriela alzó la vista y se dirigió a Viviana Yáñez y a Héctor Jara.
—Ya lo dije: ni acuerdos ni perdones. No necesito nada de ustedes. Y además —soltó una risa sarcástica—, ¿qué tiene la familia Jara que me pueda interesar?
Esa frase los dejó sin palabras.
Era cierto. ¿Qué podría ofrecerle la familia Jara?
¿Qué era lo que ella quería?
Antes, Gabriela lo quería todo: a Enzo Jara, a Mateo. Y por eso desvivía por todos ellos. Estaba dispuesta a sacrificarlo todo con tal de verlos felices.
Pero ahora, ya no le interesaba Enzo. Y Mateo ni siquiera era de su propia sangre.
No necesitaba su dinero ni su reputación; todo eso ya lo tenía por su cuenta. De hecho, era la familia Jara la que ahora estaba suplicando por su ayuda.
Entonces, ¿qué era lo que más anhelaba en este momento?
Lo único que deseaba con toda su alma era saber el paradero de su bebé.
Pero...
El rostro de Héctor se puso rojo de vergüenza. Él, el respetado profesor que siempre miraba a todos por encima del hombro, ahora no encontraba una sola palabra para responderle a Gabriela.
Enzo apretó los labios, con los ojos clavados en Gabriela, y finalmente murmuró con una voz cargada de derrota:
—Gabriela, haz lo que tengas que hacer...
—Por supuesto —respondió Gabriela, manteniendo la frente en alto y mirándolo a los ojos—. ¿O de verdad creías que iba a tener compasión por los viejos tiempos?
Enzo sintió un nudo en la garganta. Era como si le estuvieran cortando el corazón con navajas.

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