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Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera romance Capítulo 379

Todos contuvieron la respiración, esperando a ver cómo reaccionaba Gabriela.

Pero ella se quedó inmóvil, observando en silencio cómo el enfermero que había salido a informar se alejaba por el pasillo.

Luego, clavó la mirada en la luz encendida sobre la puerta del quirófano.

Al notar que Gabriela no daba señales de colapsar, una sombra de decepción cruzó por los ojos de Jimena.

Sin embargo, lo que nadie en esa sala sabía, era que aquello no era más que la calma antes de la tormenta.

La tensión se mantuvo hasta que la cirugía concluyó y trasladaron a Mateo a una habitación.

Gracias a la rapidez con la que se consiguió la sangre, el procedimiento fue un éxito rotundo; ni siquiera fue necesario ingresarlo en cuidados intensivos.

Aún estaba inconsciente en la cama del hospital. Su carita pálida casi no tenía color y las múltiples fracturas obligaban a mantener su pequeño cuerpo inmovilizado. Era imposible tocarlo sin causarle daño.

—¡Mateo! ¡Mi niño! —Valentina fue la primera en irrumpir en la habitación, corriendo hacia la cama. De no ser por la rápida intervención de las enfermeras, se habría lanzado sobre él. Se tuvo que conformar con quedarse junto a la camilla, ahogada en llanto.

Gabriela entró al final. Desde una distancia prudente, miró al pequeño inconsciente.

Ese niño, que solía seguirla por toda la casa llamándola dulcemente "mamá".

Ese mismo que tantas veces, en un berrinche, la empujaba gritando que la odiaba, que no quería que fuera su madre.

El mismo que siempre la buscaba buscando consuelo cuando sentía que el mundo estaba en su contra.

Y ahora, la cruda realidad le restregaba en la cara que Mateo nunca fue su hijo...

Entonces, ¿dónde estaba el suyo?

Una vez que el personal médico terminó de dar las indicaciones pertinentes, todos abandonaron la habitación apresuradamente. Parecían huir del denso aire que asfixiaba el lugar.

Hasta ese momento, el corazón de Viviana había estado latiendo a mil por hora. Estaba aterrada por la reacción que pudiera tener Gabriela tras donar sangre.

Pero la vio tan en silencio y calmada que, de no ser por la absoluta falta de expresión en su rostro, habría jurado que todo seguía igual que siempre.

Justo cuando Viviana empezaba a convencerse de que Gabriela no armaría ningún escándalo, vio cómo cerraba despacio la puerta de la habitación.

Un presentimiento oscuro y pesado le heló la sangre.

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