El llanto de Mateo seguía resonando en el pasillo del hospital, prolongándose de manera dolorosa.
Ese *«me voy a morir»* se sentía como un bate lleno de clavos golpeando brutalmente la conciencia de todos los adultos presentes.
Incluso los pacientes, familiares y enfermeras que caminaban por el área se detuvieron, con el aliento contenido, al escuchar los gritos desgarradores de la grabación.
—¿Pero qué le hicieron a ese pobre niño?
—¡Qué crueldad! Llora como si le estuvieran arrancando el alma. ¡Esto es abuso infantil, de aquí a la luna!
—Lo que escuché es que el padre se creyó el cuento de la madrastra y del hijo de esta... Dejaron al pobre niño sin comer y hasta lo golpearon.
—¡Ay, Dios santo! Qué razón tiene el dicho: entra una madrastra por la puerta, y el padre biológico se convierte en un padrastro de lo peor.
El audio que Gabriela había puesto en altavoz empezó a atraer a una pequeña multitud de curiosos que murmuraban indignados.
Al escuchar los cuchicheos, el rostro de Jimena se descompuso aún más, adquiriendo un tono mortalmente pálido mientras su expresión se volvía completamente desesperada.
—No... eso es mentira... yo nunca culpé a Mateo... ¡Todo esto es un malentendido! —Jimena estaba aterrada, miraba a Gabriela con los ojos muy abiertos—. Gabi, ¿de dónde sacaste esos audios? ¡Los falsificaste! ¡Claro, es un montaje! ¡¿Cómo puedes ser tan perversa?! ¿Haces esto para arruinar mi relación con el Profesor Jara?
Luego, giró frenéticamente hacia la familia Jara. Al ver las miradas sombrías y llenas de sospecha de Viviana y Héctor, su voz empezó a temblar.
—Papá, mamá, les juro que no es así. Esos audios son falsos... Ustedes saben perfectamente que siempre he tratado a Mateo como si fuera mi propio hijo...
Gabriela le lanzó a Jimena una mirada de absoluta frialdad. Luego caminó directo hacia la única autoridad imparcial en el lugar y le tendió el celular al Oficial Cortés.
—Oficial, ella afirma que los audios están falsificados. Le pido que los verifique usted mismo.

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