—Gabriela, ¿tienes tiempo para preocuparte por si otro hombre tiene hambre, pero no para hacerle caso a tu propio hijo? —escupió Enzo, con los ojos cargados de una profunda decepción.
Gabriela se quedó clavada en su sitio, observando a la familia que le gritaba histérica.
—Yo no lo ignoré. De verdad, jamás recibí ninguno de sus mensajes —se defendió, sintiendo un nudo en la garganta. Era su madre, por más herida que estuviera por la actitud del niño, jamás le habría dado la espalda de esa manera.
—¡¿Qué es todo este alboroto?! ¡Están en un hospital, hay gente en cirugía! —gritó una enfermera saliendo del quirófano, furiosa—. ¿Ustedes son los familiares del niño que está ahí adentro? ¡¿No saben que lo estamos operando?! ¡¿Quieren que se muera?!
Ante la severa reprimenda de la enfermera, todos guardaron silencio de golpe.
El Oficial Cortés aprovechó el momento para intervenir.
—Exacto. El niño está en medio de una cirugía delicada, dejemos los reclamos para cuando salga.
Valentina respiraba agitada, sin dejar de mirar a Gabriela con odio puro. Pero gracias a la advertencia de la enfermera y del policía, se tragó su furia a la fuerza.
El Oficial Cortés le pidió a una agente que acompañara a Valentina a sentarse en las sillas de espera, alejándola lo más posible de Gabriela.
Viviana y Héctor las siguieron con el ceño fruncido, sin apartar sus miradas cargadas de resentimiento.
Enzo desvió la mirada y se apoyó contra la pared.
Jimena se quedó parada, llevándose las manos a la boca, fingiendo estar aterrada por la escena que acababa de presenciar, aunque un brillo de triunfo danzaba en el fondo de sus ojos.
El pasillo volvió a quedar en un tenso silencio. El Oficial Cortés soltó un largo suspiro de alivio.
Al ver que la enfermera estaba a punto de volver a entrar al quirófano, Gabriela se apresuró a llamarla.
—Señorita, ¿cómo está mi hijo?
La enfermera le dirigió una mirada severa.
—Sigue en cirugía. Cuando terminemos, el doctor saldrá a darles el informe. De verdad... no entiendo qué clase de padres son, que ni siquiera pueden cuidar de su propio hijo —murmuró, volviendo a entrar a la sala quirúrgica.
Gabriela se quedó de pie frente a las puertas dobles, invadida por la culpa.

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