¿Qué atrocidad pudo haber cometido Mateo para que lo trataras de esa manera? —preguntó Héctor.
Enzo, con la voz apagada, les explicó cómo Mateo había destrozado el premio más importante del Director Chávez y que, lejos de disculparse, había armado un escándalo monumental en su casa.
Al escuchar la historia, Héctor frunció el ceño profundamente.
—Y esto... ¿cómo afectará tus posibilidades de ascender a profesor titular?
—¡Papá! —estalló Valentina, con la voz rota por el llanto—. ¡¿De verdad te importa eso ahora?! ¡Mateo está desaparecido y tú solo piensas en el ascenso de mi hermano! ¡Si a mi sobrino le pasa algo, de qué demonios sirve que sea profesor titular! ¡Se habría quedado sin el único heredero de la familia!
Héctor le lanzó una mirada severa a Valentina, pero no dijo una palabra más.
Enzo soltó un suspiro profundo.
—Aún no sé nada del Director Chávez, pero ya estoy buscando a los mejores artesanos para restaurar el trofeo. De todos modos, lo más urgente ahora es encontrar a Mateo.
Las palabras de su hermano cayeron como un balde de agua fría sobre Valentina, quien se desplomó en el sofá, repitiendo como un disco rayado:
—Mi niño... mi pequeño Mateo...
Viviana, con el rostro consumido por la angustia, no sabía qué más hacer.
El ambiente en la sala era denso y asfixiante.
En ese momento, Jimena notó a Fabián, que se había encogido en un rincón del comedor. Después de echar un vistazo rápido a los miembros de la familia Jara en la sala, fue hasta el niño y lo llevó hacia la cocina.
—Sube a tu cuarto —le susurró rápidamente—, y por favor, no salgas en un buen rato.
Fabián asintió, obediente como siempre, y comenzó a caminar hacia las escaleras, pasando frente a todos.
Fue entonces cuando los Jara notaron su presencia. Sin embargo, nadie le prestó atención; todas sus mentes estaban enfocadas en Mateo.
Al pasar junto a Enzo, Fabián se detuvo un momento y, con una voz cargada de inocencia, le dijo:

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