Ante la severa reprimenda de Doña Lola, Mila bajó la cabeza, aferrándose nerviosamente a su ropa sucia y desgastada.
Al ver esto, Gabriela se apresuró a acercarse y sacó de su bolso la ropa que había comprado, junto a una bolsa llena de pan y galletas.
—No me malinterprete, no vengo con malas intenciones. Antes de venir, le compré algo de ropa y comida a Mila, y quería traérselo. —Gabriela sabía que Doña Lola desconfiaba de los forasteros, así que mantuvo cierta distancia.
Al ver que el rostro de Doña Lola seguía mostrando desagrado, Gabriela continuó:
—La ropa de Mila está muy vieja, y siendo una niña, no puede andar así. En la bolsa hay ropa nueva para que se la cambie. Solo dejo las cosas y me voy, no las molestaré más.
Gabriela dejó la bolsa con la ropa y la comida en el suelo, a una distancia prudente, y dio unos pasos hacia atrás.
Doña Lola miró a Gabriela fijamente durante un largo rato. Luego se acercó, recogió rápidamente la ropa y la comida, y entró a prisa a la casa.
—¡Mila! ¿Qué haces ahí pasmada? ¡Entra ya!
Mila se quedó parada en la puerta mirando a Gabriela, dudando y sin entrar.
—¡Te dije que entres! —Doña Lola asomó medio cuerpo, jaló bruscamente a Mila hacia adentro y cerró la puerta de un portazo.
Gabriela se quedó parada frente a la puerta un momento. Cada vez que veía a Mila, sentía un nudo en el corazón.
Esa sensación la acompañó durante todo el camino de regreso, dejándola con el ánimo decaído.
Caminaba cabizbaja y en silencio. Pero justo al entrar al patio de la pensión, chocó de frente contra lo que parecía una pared de músculos.
Gabriela soltó un quejido, se frotó la nariz adolorida y retrocedió un paso antes de mirar hacia arriba.
Rocco Salinas estaba de pie en el patio, mirándola con una sonrisa burlona.
—Gabriela, ¿acaso eres tonta? ¿No te fijas por dónde caminas? ¿Así es como te enseñé?

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