Mateo llevaba mucho tiempo con el antojo de las milanesas de su madre. La última vez que la vio estaba enfermo y no había podido comerlas.
Desde aquel día, no había vuelto a verla por la casa.
Había pensado en llamarla varias veces, pero en su pequeña mente infantil sentía que si daba el primer paso, estaría perdiendo la batalla.
Al final, era ella la que había cometido un error. Era ella quien se había portado mal con la tía Jime.
¡Y ni siquiera le había pedido perdón!
Además, la tía Jime lo había estado tratando como a un rey últimamente, y no quería que ella se pusiera triste si notaba que extrañaba a su mamá.
Pero esta vez era diferente. Esta vez era su abuelo quien le había ordenado llamarla. No era su culpa. Así que no estaba traicionando a la tía Jime.
Con esta justificación en la cabeza, el tono de Mateo se volvió aún más exigente y prepotente.
—Estoy en la casa de mis abuelos. Ven rápido, quiero cenar tus milanesas hoy mismo.
En la entrada de la clínica de reposo, Gabriela escuchó la voz de Mateo por el auricular. Ese tono autoritario, idéntico al del resto de la familia Jara, hizo que su mirada se ensombreciera.
Podía cortar lazos con los adultos de manera drástica y definitiva, pero arrancar de raíz su conexión con Mateo era mucho más difícil.
Independientemente del dolor y la decepción que ese niño le causara, seguía siendo su hijo. Sentía que tenía una responsabilidad hacia él.
Había un lazo biológico imposible de borrar.
Por eso, nunca lograba desentenderse de él por completo.
Sin embargo, aunque no pudiera borrarlo de su vida, ya no estaba dispuesta a ceder ante sus rabietas y exigencias absurdas.
—Dile a la niñera que te las prepare —respondió Gabriela mientras seguía caminando hacia la caseta de seguridad.
Hubo un silencio total del otro lado de la línea. Gabriela casi podía escuchar la respiración acelerada del niño, incrédulo ante la respuesta.
Segundos después, la voz caprichosa de Mateo estalló.
—¡Las de la niñera saben feo! ¡Quiero que tú las hagas! ¡Tú siempre me haces de comer!
Esa pequeña voz infantil, que en el pasado le habría ablandado el corazón, hoy solo le resultaba irritante.
Tomó aire para calmarse.

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