De repente, en el salón solo quedó Jimena, aún sentada al piano.
Qué ironía. Hace un momento todas la llenaban de halagos y la trataban como reina.
Y ahora, en un parpadeo, todos se habían esfumado sin que nadie se acordara de ella.
Se sentía como una simple artista de fondo contratada para amenizar el evento y, para colmo, su presentación había sido un desastre.
Jimena se mordió el labio con fuerza, con una mirada llena de furia y resentimiento.
Estaba furiosa consigo misma por no haber aprovechado la oportunidad y por haber cometido un error tan estúpido.
Pero también sabía que no era el momento para berrinches.
Mientras tocaba, estaba tan concentrada que solo vio a su suegro Héctor llegar con el grupo, pero no alcanzó a escuchar de qué hablaban.
No tenía idea de a qué habían venido, y mucho menos de por qué se habían ido tan de repente.
Solo cuando detuvo su desastrosa interpretación, logró escuchar que mencionaban el Salón de Duelos.
Imaginó que toda la familia Jara debía de haberse ido hacia allá.
Jimena respiró hondo para tratar de calmarse. Cerró la tapa del piano, se dio la vuelta y se apresuró hacia el Salón de Duelos.
...
Por otro lado, Héctor caminaba cada vez más rápido. Si no fuera por mantener un poco de dignidad, habría salido corriendo a toda velocidad.
En el camino, el entrenador que le llevó la noticia seguía en éxtasis.
Mientras los guiaba, les narraba emocionado cada detalle de la partida.
—Yo estaba mirando cómo el maestro Matías jugaba contra sí mismo. Sus piezas blancas estaban acorraladas, sin salida. El maestro se quedó con la pieza en la mano, congelado por un buen rato, sin saber dónde ponerla. ¡Y de repente, con solo una mirada, la chica le mostró a las blancas la salida! ¡Y en unos cuantos movimientos, las piezas blancas revivieron por completo!
Héctor escuchaba cada palabra con el corazón a mil por hora.
—¿Y luego qué pasó?
—Resulta que la chica ya había visto un punto débil escondido en la trampa de las piezas negras desde el principio. Luego, sacrificó un par de piezas para ganar espacio y abrió una brecha a la fuerza —el entrenador estaba tan emocionado que le brillaban los ojos—. Y al final, le ganó al maestro Matías por una mínima ventaja de medio punto.
El entrenador tragó saliva y continuó:

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