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Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera romance Capítulo 238

Gabriela llegó a la Escuela Rural de la Esperanza. No sabía exactamente por qué, pero no podía dejar de pensar en la pequeña Mila, y quería verla una última vez antes de marcharse.

Sin embargo, tras recorrer todo el refugio temporal, no encontró rastro de la niña.

Justo cuando estaba a punto de darse por vencida y marcharse, se dio media vuelta y vio la menuda figura de Mila, caminando con la cabecita gacha.

—Pero si apenas pasó una noche... ¿cómo es posible que esta niña vuelva a estar tan sucia? —exclamó Clara, quien la había acompañado, sin poder ocultar su asombro.

Gabriela miró a Mila con una expresión indescifrable.

Era cierto. Apenas ayer le había dado un baño completo y le había lavado la ropa. Pero en menos de veinticuatro horas, las prendas de Mila volvían a estar cubiertas de mugre.

Y no era solo la ropa. Su piel expuesta, incluyendo su carita, estaba llena de tierra. Quizá no al extremo de parecer un muñeco de barro como el día anterior, pero estaba innegablemente sucia.

El cabello, que de por sí ya estaba cortado a trasquilones, ahora lucía alborotado como un nido de pájaros.

Era casi inconcebible que esa fuera la misma niña radiante que había bañado la tarde anterior.

Una mujer del pueblo que pasaba por ahí escuchó a Clara y les lanzó una advertencia amistosa.

—Ay, muchachas, mejor ni se acerquen a esa niña. Es caso perdido.

Mientras hablaban, Mila se acercó un poco más.

De inmediato, un olor rancio y penetrante llegó hasta ellas.

La mujer del pueblo arrugó la nariz con asco.

—¡Por Dios, Mila! ¿Te caíste en un chiquero o qué te pasó? Ahorita estamos todos amontonados aquí, ¡y tú apestando así! ¿Nos quieres asfixiar a todos?

Frente a los regaños de la adulta, Mila no dijo ni una palabra. Solo mantuvo la cabeza baja y apretó sus pequeños puños.

La mujer, perdiendo la paciencia y negándose a compartir espacio con ella, salió gritando que iría a buscar a las autoridades.

—Mila —Gabriela se agachó a su altura. Quería preguntarle qué había pasado, por qué se había ensuciado tanto en una sola noche.

Pero al ver que la niña daba dos pasos hacia atrás por puro instinto, se guardó la pregunta.

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