Aunque no lo habían gritado a los cuatro vientos como hizo Vanina Silva, en el fondo lo habían pensado.
Y eso dolía mucho más que un simple insulto como 'basura'...
Ahora que estaban en la misma posición que Gabriela en aquel entonces, comprendían de primera mano la frustración y la impotencia que se sentía.
—Entonces, directora... ¿qué hacemos ahora? —preguntó Octavio.
La persona encargada de recibirlos simplemente los había botado allí. No les dijeron cómo iban a empezar el trabajo, ni siquiera dónde iban a cenar. ¡Qué manera de tratarlos!
Gabriela miró el edificio del gobierno local al otro lado del muro y su mirada se oscureció.
—Primero dejemos el equipaje. Yo iré a buscarlos en un momento.
Claro que estaba enojada. ¿Cómo no iba a estarlo?
Pero el enojo no solucionaba nada; lo que necesitaba ahora era resolver el problema.
Gabriela buscó su habitación en el segundo piso guiándose por el número de la llave. El cuarto era muy rústico: una cama individual con sábanas blancas y cobijas perfectamente dobladas, un escritorio antiguo con una silla de madera. Sobre el escritorio había una lámpara y un termo para agua.
Junto a un ropero sencillo había un perchero de madera, y al lado, la puerta del baño.
Azulejos blancos desgastados, tuberías oxidadas y un viejo calentador de agua cuadrado.
Por un segundo, Gabriela sintió que había viajado en el tiempo a los años noventa.
Sin embargo, aunque la habitación era humilde, se notaba que la habían limpiado con mucho esmero.
Gabriela suspiró. Era evidente que Arturo y los demás sí tenían grandes esperanzas puestas en el equipo de investigación.
Después de ordenar un poco sus cosas, salió de la pensión dispuesta a hablar con Arturo.
Clara salió corriendo tras ella.
—¡Directora, la acompaño!
—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que me hagan algo? —Gabriela notó el rostro de Clara, que estaba aún más pálido que el suyo—. Mejor ve a descansar.

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