Por eso, no lograba entender cómo Gabriela, siendo una huérfana sin nada, podía estar tan insatisfecha.
—No se preocupe, profesor Jara. ¡Le prometo que cuidaré muy bien de Mateo y de nuestro hogar! —asintió Jimena con fuerza, con una expresión de total seriedad.
Enzo no pudo evitar reírse al verla tan comprometida.
—Eres tremenda, siempre te conformas con tan poco.
No como otras personas que, desde el primer día, habían usado trucos sucios para ganarse un lugar. Todos esos años viviendo como la señora Jara no le habían sido suficientes.
Hasta el punto de pedirle el divorcio...
—Hay otra cosa... —preguntó Jimena con cautela—. Profesor Jara, la última vez me pidió que organizara un estudio para mí. Pero la habitación que estoy usando era la de Gabriela y todavía están todas sus cosas allí. No me he atrevido a tocarlas, así que tengo mis propios libros y cajas amontonados por todos lados. ¿Puedo usar otra habitación, o... puedo mandar quitar las cosas de Gabriela?
Jimena observaba cada gesto de Enzo.
—Claro, le diré a Yolanda que le pregunte a Gabriela. Si todavía las quiere, se las empaco y se las envío por paquetería.
Enzo estaba inmerso en su resentimiento hacia su exesposa. Al escuchar a Jimena, respondió de inmediato:
—Tú eres la señora de la casa ahora. Organiza y decora todo como mejor te parezca.
Ante esa respuesta, Jimena sonrió aliviada.
—De acuerdo, yo me encargaré de todo de manera prudente.
Enzo confiaba plenamente en ella, así que ni se molestó en preguntar a qué se refería con "prudente".
...
Al día siguiente, Daniel Jiménez llegó a la empresa pasada la hora del almuerzo.
Justo en el vestíbulo se topó con Enzo, que venía regresando de una reunión.
—¿Andas solo? ¿Dónde dejaste a tu flamante esposa? —El tono de Daniel dejaba claro que estaba de excelente humor.
A Enzo no le hacía gracia que le dijeran "flamante esposa", pero tratándose de Daniel, lo dejó pasar.
—Jimena pidió la tarde libre, tenía que hacer unas compras para la casa.
Daniel asintió con una sonrisa cómplice.
—Es lógico. Acaban de casarse, tienen que acomodar sus cosas.
Notando el buen humor de su amigo, Enzo no pudo evitar preguntar:
—¿Qué bicho te picó? ¿Ya le echaste el ojo a otra chica?
Conociendo a Daniel, esa cara de tonto solo significaba que estaba en la primera fase del enamoramiento.

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