Apenas cruzó la puerta, una joven y entusiasta vendedora se le acercó.
—Buenas tardes, señorita. ¿En qué le puedo ayudar?
Gabriela echó un vistazo a la exhibición y fue directa al grano.
—Necesito unas botas de montaña, un par de conjuntos de ropa táctica, una mochila de acampar grande y equipo básico de supervivencia.
Al darse cuenta de que se trataba de una venta enorme, la vendedora la guio hacia el interior de la tienda con la mejor de sus sonrisas.
Cuando Daniel Jiménez entró al local, Gabriela se estaba probando las botas que la chica le había recomendado.
Llevaba puesta una chaqueta impermeable y unos pantalones de secado rápido. Tenía el cabello recogido en una coleta alta y estaba agachada, atándose los cordones con mucha concentración.
Luego se puso de pie, caminó de un lado a otro y cruzó un par de palabras con la empleada.
En ese instante, las piernas de Daniel parecieron cobrar vida propia y, como si estuviera hipnotizado, caminó hacia ella.
—Bien, me llevo estas. Prepárame todo lo demás para cobrar —le dijo Gabriela a la vendedora.
La chica asintió con una sonrisa, pero de pronto notó la presencia de Daniel. Se tensó de inmediato y estuvo a punto de saludarlo, pero él le hizo una seña con la mano para que guardara silencio.
—No te preocupes por mí, solo estoy echando un vistazo —dijo él, volviendo a clavar los ojos en Gabriela.
Gabriela se sorprendió un poco al girarse y toparse con él.
¿Otra vez se lo encontraba?
Frunció levemente el ceño, le hizo un gesto cortés con la cabeza a modo de saludo, y no hizo ningún intento de iniciar una conversación.
Se quitó la chaqueta impermeable, revelando una camiseta térmica bastante ajustada al cuerpo.
La silueta envidiable de Gabriela hizo que Daniel tragara saliva con dificultad.
—¿Te... te gusta el alpinismo?
Gabriela no tenía ganas de darle charla, así que solo soltó un "ajá" desganado y se metió al probador.
Cuando salió, ya llevaba puesta su ropa de calle. Le entregó la ropa térmica y la chaqueta a la vendedora.
—Empaqueta esto también, por favor. Y los otros conjuntos que apartaste antes, me los llevo todos.
—¡Enseguida! —respondió la joven, moviéndose con rapidez—. Señorita, ¿le gustaría tramitar nuestra tarjeta de cliente frecuente? Tenemos una promoción y le daría un buen descuento.
Gabriela la siguió hasta la caja registradora. No le dio muchas vueltas; sabía que era la típica estrategia para asegurar clientela.
—Claro, está bien.

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