La voz cristalina y firme de Gabriela cortó el aire a través de los parlantes.
—En primer lugar, permítame corregir su error. Es cierto que me ausenté del instituto durante siete años, pero jamás abandoné mi carrera. Durante todo ese tiempo, publiqué múltiples ensayos y artículos en revistas científicas de primer nivel en el país. Todo eso está en los registros públicos, a disposición de quien quiera verificarlo. En segundo lugar, mis investigaciones y las simulaciones para la optimización del giroscopio cuántico jamás se detuvieron. Lo único que cambió fue mi espacio de trabajo: pasé de las instalaciones del instituto al estudio de mi casa. Y mi asistente, junto a los principales investigadores aquí presentes, pueden dar fe de ello.
Clara, desde su asiento, asintió vigorosamente.
—¡Es totalmente cierto! El primer día que la directora Gabriela pisó las oficinas, nos entregó a cada investigador un análisis inmenso y súper detallado de optimizaciones y cálculos. Ese informe nos resolvió de golpe un montón de cuellos de botella que nos tenían estancados desde hacía meses.
Para darle más peso a sus palabras, Clara miró a sus compañeros.
—¿No es así, Hugo?
Hugo forzó una sonrisa algo incómoda y asintió torpemente.
Pero Octavio Castillo no dudó ni un segundo. Asintió con total convicción.
—¡Sí, absolutamente cierto!
El periodista, que segundos atrás creía tenerla acorralada, se quedó de piedra. Su sonrisa socarrona se borró de un plumazo al ver cómo su narrativa misógina se desmoronaba.
Gabriela clavó sus ojos fríos en el reportero malintencionado y asestó el golpe final.
—Y en cuanto a su teoría de que "si lo hizo una vez, lo hará una segunda"... frente a todos los aquí presentes le doy mi palabra: no habrá una segunda vez. Un matrimonio fracasado es más que suficiente lección para toda una vida. Además, el motivo principal por el que dejé las instalaciones del instituto hace años no fue mi matrimonio. En cuanto a las razones exactas, pertenecen a mi vida privada y no tengo por qué darle explicaciones a nadie.
El verdadero motivo de su partida había sido marcar una línea roja para separarse de la familia Salinas y de su identidad como Gabriela Salinas.
Pero ese era un drama familiar del que no pensaba hablar en un evento corporativo.
Y mucho menos con Rocco presente en la sala. Hacerlo habría sonado como si se estuviera victimizando frente a él.
Ahora, su único deseo era brillar con luz propia, ser la única e inigualable Gabriela Aranda.
—Bueno... yo... —balbuceó el periodista, completamente desarmado y humillado frente a la élite tecnológica.
Desde el podio, Gabriela lo miró desde arriba, implacable.
—¿Le queda alguna otra interrogante sobre mi vida personal? Si no es así, pasaré a la siguiente pregunta.

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