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Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera romance Capítulo 155

Por dentro, don Antonio sentía que flotaba en una nube de orgullo, pero por fuera se esforzó por mantener una expresión de falsa severidad.

—Aún es joven, le falta mucha experiencia —dijo, restándole importancia.

—¡No te hagas el modesto! ¡Te ha superado por completo! ¡El alumno ha superado al maestro!

Ante eso, don Antonio no se ofendió. Lejos de sentir vergüenza por ser eclipsado por su pupila, estiró el cuello con arrogancia.

—¡Mueran de envidia, viejos inútiles! ¡Así de brillante es mi estudiante!

Y finalmente, incapaz de contenerse más, el anciano estalló en una carcajada llena de júbilo.

Desde el escenario, Gabriela vio a su mentor reír con tantas ganas y sintió un nudo en la garganta. Apretó los dientes, luchando con todas sus fuerzas para no dejar caer unas lágrimas traicioneras.

Al ver a su profesor tan inmensamente feliz, supo que no lo había decepcionado.

Rocco permanecía sentado, impecable. Sus largas y elegantes manos aplaudían con un ritmo pausado y seguro. Miraba a Gabriela con una mezcla de profundo orgullo y fascinación.

Abajo, Lorenzo aplaudía con tanta energía que parecía a punto de gritar: *«¡Miren todos, esa es mi compañera!»*.

Por supuesto, la devoción de Clara hacia su jefa no conocía límites; la joven asistente aplaudía mientras gruesas lágrimas de emoción le empañaban la vista.

En la parte trasera, Enzo estaba completamente acorralado por el estruendo de los aplausos y los gritos del público.

Parecía una estatua de sal. Rígido, incapaz de mover un solo músculo, con la mirada vacía, fijada exclusivamente en ella.

¡En esa Gabriela que ahora irradiaba un brillo cegador!

Sentía que el corazón le martillaba contra las costillas con tanta furia que amenazaba con romperle el pecho.

Ya no podía ver a nadie más en esa enorme sala. Para él, el mundo entero había desaparecido; solo existía ella... todo era Gabriela...

Jimena observaba la histeria colectiva de la sala y, de reojo, la devoción en los ojos de Enzo. Instintivamente rechinó los dientes.

Ver a Gabriela en la cima, recibiendo alabanzas y gloria, fue como si le clavaran una estaca ardiente directamente en los ojos.

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