Normalmente, ella nunca amenazaba a la gente de esa manera, pero dada la situación, no podía permitirse el lujo de pensar en la moralidad.
Legalmente, su hijo no tenía ninguna relación con la familia Carmona.
Ya que Palmiro quería que le hiciera el favor, era razonable que ella aprovechara para poner sus propias condiciones.
Palmiro la siguió mientras se giraba y dijo sin dudarlo a su espalda: —De acuerdo. A partir de este momento, seré tu abogado en el divorcio.
Vilma se detuvo, gratamente sorprendida. Se volvió para mirarlo y confirmar: —¿De verdad estás de acuerdo?
—Sí. Y gracias por permitir que el niño tenga contacto con nosotros —dijo Palmiro con una gratitud que le nacía del corazón.
Después de todo, ese niño era su “propio” hijo.
La aparición repentina de un heredero de la familia Carmona podría ayudar a su madre a superar el dolor de haber perdido a su hijo, y por eso se sentía inmensamente agradecido.
Vilma seguía atónita. Sentía que la felicidad había llegado de forma demasiado repentina.
No solo su hijo tendría el amor y el respaldo de una familia adinerada, sino que el juicio de divorcio, que tanto le preocupaba, ahora estaba prácticamente ganado.
—No, no, Sr. Palmiro. Soy yo quien debería darte las gracias —dijo ella apresuradamente en cuanto recuperó la compostura.
Palmiro esbozó una leve sonrisa y asintió con la barbilla. —Vamos al Registro Civil.
Vilma se sorprendió de nuevo. —¿Tú me acompañas?
—¿No soy tu abogado de divorcio? —replicó Palmiro.
¡Ah! Vilma sintió una mezcla de sorpresa y alegría.
—Aunque un divorcio de mutuo acuerdo es solo una medida provisional, debemos prevenir cualquier treta de su parte. Al final, no hay límite para la maldad de algunas personas —explicó Palmiro, preocupado de que ella estuviera en desventaja y saliera perdiendo si iba sola.
Vilma estaba tan contenta que no sabía cómo reaccionar. Apresuró el paso para alcanzarlo.
Justo cuando entraban al elevador, sonó el teléfono de Vilma.
—Son ellos —dijo Vilma, mirando la pantalla.
—Contesta —dijo Palmiro en una sola palabra, con un aire de tener todo bajo control.
De repente, Vilma se sintió llena de confianza.
—¿Dime…?
—Vilma, ¿dónde estás? ¿No estarás jugando con nosotros, verdad? —Nélida y Facundo habían llegado temprano y, al ver que el Registro Civil ya estaba abierto y Vilma no aparecía, llamaron para presionarla.

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